Como era costumbre en la Congregación, una vez al año se organizaba una convivencia de los congregantes fuera del entorno del colegio. Era una buena ocasión para pasar un día juntos, visitar algún monumento, oír misa y hacer un poco de deporte.

En 1914 el lugar elegido fue el Real sitio de Aranjuez, donde pudieron visitar el palacio y la Casita del Príncipe. Os dejo con la crónica de esa jornada escrita por Ramón Pastor y Mendivil [1].

Paseo de Congregantes.


La Congregación festejaba a sus miembros con un paseo campestre, y nosotros, sacrificando gustosos el sueño de la mañana, habíamos salido de Madrid a las siete y media.

¡Con qué placer habíamos visto cómo el tren, respondiendo a nuestros deseos, acrecentaba poco a poco su marcha… hasta volar materialmente en dirección a Aranjuez!

Por nuestros atónitos ojos pasaron visiones extrañas. Dejamos atrás verdes praderas, jardines que ostentaban las primicias de la primavera, hoteles, casas, flores y tantas otras cosas que mi flaca memoria se niega a recordar.

Unos cuantos amigos nos habíamos reunido en un compartimiento, por el cual vimos pasar a menudo a algunos compañeros de colegio que iban igualmente a reunirse con sus íntimos. De cuando en cuando alguno de los profesores que nos acompañaban se acercaba al grupo y conversaba con nosotros, no con el tono autoritario del maestro, sino con la íntima familiaridad de un amigo.

Estación de Aranjuez en 1925.

De pronto, un silbido estridente y una gran griteria me anunció que habíamos llegado al término de nuestro viaje.

En menos tiempo del que tardo en contarlo, bajamos de un salto al andén, y sin que nadie nos guiase emprendimos instintivamente un camino que partía de la puerta de la estación, y que recorrimos jugando con varios pelotones que juguetonas manos habían lanzado al aire.

El citado paseo terminaba en una anchurosa plazoleta, y al llegar a ella, nuestras miradas interrogadas se dirigieron hacia los profesores en busca de orientación.

Éstos, que leyeron en nuestros ojos el ardiente deseo que teníamos de jugar un partido, nos permitieron desahogar nuestros ímpetus juveniles, y poco después estaba organizado un movido partido de foot-ball.

Cuando más embebidos estábamos en el juego, los profesores, a los que se había unido un caballero (que según luego supe era el Intendente del Real Patrimonio de Aranjuez), nos mandaron ordenar y emprendimos la marcha.

Guiados por ellos, nos dirigimos al oratorio del palacio a cumplir las obligaciones del cristiano, y a oír la Santa Misa.

Una vez terminada ésta, nos trasladamos unos a pie y los menos resueltos en coches (cedidos por el señor Intendente), hasta la Casita del labrador.

Fotografías de la excursión de la Congregación a Aranjuez en 1914.
Fotografías de la excursión de la Congregación a Aranjuez en 1914.

Mi torpe e incipiente pluma no encuentra palabras para dar una idea del exquisito gusto y suprema belleza que se encierran en aquella casita de humilde apariencia, y que, sin embargo, es una joya, recuerdo de una de las más interesantes épocas de nuestra historia nacional.

Recorrimos las soberbias salas, oímos las embotelladas explicaciones de los cicerones, admiramos la riqueza existente en todos los rincones, y contemplamos deslumbradas molduras, cuadros y todas las bellezas allí reunidas.

¡Lástima grande que de la riqueza que atestiguan aquellas bellezas, sólo quede el recuerdo de las épocas en que se acumularon!

Volvimos al palacio, y con igual detenimiento recorrimos las suntuosas galerías y los magníficos salones que tantas veces recorrió el atribulado Carlos IV, poco antes de abdicar la corona en su hijo Fernando con motivo del célebre motín de Aranjuez.

Abandonamos la regia mansión, y un sentimiento más práctico borró pronto de nuestra memoria el recuerdo de los trágicos hechos de aquella decadente época de la historia patria… Íbamos a la fonda donde teníamos preparado el almuerzo.

Inútil decir que supimos hacer honor a las hortalizas (legítimas de Aranjuez) y demás platos que nos fueron servidos, mientras comentábamos con alegría y encanto nuestras visitas de por la mañana.

Terminada la comida, volvimos a la inmensa plaza donde habíamos jugado por la mañana, y allí permanecimos divirtiéndonos hasta poco antes de la hora indicada para la salida del tren.

La jornada tocaba a su fin, y con harto sentimiento oímos el silbido anunciador de que la locomotora empezaba su marcha.

El tren corría, y durante su vertiginosa carrera, sentado en un rincón del vagón, yo evocaba los recuerdos tan agradables de la jornada, entregado a la placidez de un descanso casi soñoliento. ¡Cosa extraña! por más que me esforzaba no podía rechazar de mi imaginación dos representaciones que veía en medio de todos los paisajes: el palacio y una colosal antena de telegrafía sin hilos; el arte más depurado, junto a la última expresión de las ciencias.

Estación de Aranjuez de la Compañía Nacional de Telegrafía sin Hilos. Sostienen los hilos cuatro mástiles metálicos en los vértices de un rectángulo y un quinto en su centro, junto al edificio que alberga los equipos. (Fuente: Telegrafía sin Hilos, año II, nº 4, Febrero de 1912.)

E inútilmente he tratado de rechazar la obsesión mientras escribía las anteriores líneas. Me ha perseguido hasta el fin, como pueden verlo todos los que las lean.

RAMÓN PASTOR Y MENDIVIL.

Madrid, 11 de Mayo de 1914.

Notas del Editor:

  1. Ramón Pastor Mendivil: Promoción de 1915. Abogado y periodista. Director del ABC desde 1946 a 1952.