Esta semana comparto con vosotros las impresiones de un alumno después de asistir a los ejercicios espirituales que, como era costumbre en el colegio, tuvieron lugar al comienzo del curso 1915-1916. En esta ocasión, las meditaciones estuvieron dirigidas por Don Manuel López de Anaya.

Don Manuel López de Anaya fue un destacado sacerdote español vinculado al Seminario Conciliar de Madrid, donde ejerció como profesor. Debido a su notable trayectoria y formación en derecho canónico, posteriormente recibió el nombramiento de auditor del tribunal de la Rota. Destacó como predicador y era habitual su presencia en los cultos religiosos del Madrid de principios del siglo XX.

Ejercicios Espirituales.


¡Menudo chasco se llevaron todos aquellos alumnos a quienes los ejercicios anuales ponían carne de gallina! En honor de la verdad hay que declarar que eran muy pocos; pero esos pocos se equivocaron de medio a medio y a la primera plática del Ilmo. S. D. Manuel L. Anaya, todo su recelo se convirtió en una satisfacción tan completa, que, en más de uno, debió traslucirse la media vuelta de su espíritu por un profundo suspiro en que se disiparon los fantásticos temores.

La santidad, una especie de «quimera bombinans» [1] a la que persiguen cuatro quijotes del misticismo y de la que hablan, en lenguaje sibilino, inaccesible para el vulgo, los doctores en Teología; y resulta que no hay tales carneros, sino que es una cosa muy accesible, muy al alcance de la mano y para cuya conquista no hace falta ir a la Tebaida [2], ni siquiera ser fraile; podemos toparnos con ella, de manos a boca, en todos los estados y condiciones. Pero por lo menos ¿exigirá acciones heroicas, sobrehumanas? Ni tanto asi, nos ¿exigirá acciones heroicas, sobrehumanas? Ni tanto así, sino las más comunes, las más corrientes y trilladas; claro que hay cierto heroismo, pero no está en las acciones, sino en la manera de realizarlas. Y esto exponía el Sr. Anaya, llamando en auxilio de su tema a dos libritos tan fundamentales y tan fecundos como son el Evangelio y el Catecismo, pero al mismo tiempo tan sencillos, tan llenos de unción que van derechos al alma de los jóvenes. Supo tratar el señor Anaya los asuntos tan graves de los ejercicios con tal amplitud de criterio, con una visión tan exacta de las exigencias juveniles y con tanta discreción, que irradiaba abundante luz en los espíritus, disipaba absurdas concepciones y creaba convicciones eficaces.

Capilla de Claudio Coello 41.
Capilla de Claudio Coello 41.

Y en cuanto a la forma, la de quien domina el lenguaje como un maestro; no para alardear de galas literarias inoportunas, sino al contrario para plegarlo a las necesidades del momento. Y no se requería para semejante empeño poco dominio de la expresión. Hacerse niño para no hablar una lengua distinta de la del auditorio y, al mismo tiempo, dar al lenguaje el carácter digno y noble que especialmente requiere la oratoria sagrada, es tarea harto más escabrosa que declamar cuatro frases brillantes y más o menos de cajón que deslumbran a los incautos. Y sobre todo supo dar a su exposición y a sus relatos una amenidad tal (podríamos decir hilaridad, si suprimimos de la palabra cuanto no encaje dentro del respeto debido al lugar santo) que los alumnos estaban pendientes de sus labios y sólo sentían que el reglamento inexorable pusiera límites al orador.

Capilla de 2ª Enseñanza en Claudio Coello 41.
Capilla de 2ª Enseñanza en Claudio Coello 41.

Todo esto, dirá alguno, será muy literario y muy pedagógico, pero no olvidemos que se trata de unos ejercicios y todo lo que no sea provecho de las almas es música celestial. En efecto, para el Sr. Anaya, como para todo apóstol, esos eran como aproches para la conquista de la plaza. Empezaba por adentrarse en las almas, las señoreaba, las llenaba de luz, pulsaba las fibras de su corazón y ponía en marcha hacia Dios las energías de su voluntad. Su lenguaje era el de un apóstol y los efectos producidos en las almas de los alumnos también, como muy fundadamente lo esperamos.

Los ejercicios se hicieron demasiado breves, a gusto de los alumnos, y los pocos que al principio andaban recelosos les han perdido el miedo y han experimentado que pueden pasarse muy amenamente y no obstante ser de verdadero provecho para el alma.

Lo único que piden al Sr. Anaya es que a pesar de las mil ocupaciones que le roban el tiempo, se acuerde del Colegio del Pilar y vuelva a predicar en él los santos ejercicios en años sucesivos.

Notas del Editor:

  1. La expresión «quimera bombinans» proviene de una famosa frase satírica en latín: «Quaestio subtilissima, utrum Chimaera in vacuo bombinans possit comedere secundas intentiones», que se traduce como: «Cuestión sutilísima: si una quimera que zumba en el vacío puede devorar segundas intenciones».
    Rabelais utilizó esta frase para burlarse de la escolástica decadente y de las discusiones filosóficas de las universidades medievales, las cuales consideraba vacías, pedantes y desconectadas de la realidad.
  2. Región de Egipto donde surgieron los primeros ermitaños. La palabra pasó al diccionario de la lengua española como un sustantivo común (una tebaida). Se utiliza de forma literaria para referirse a un lugar apartado, solitario, pacífico y silencioso, ideal para retirarse del mundo o dedicarse a la meditación.