Con estas tres palabras resumía el insigne Juan Zaragüeta sus recomendaciones a los alumnos del colegio tras la lectura de la revista Recuerdos del curso 1916-1917. Os dejo con el artículo que, a petición de Don Luiz Heintz, escribía para la revista del curso 1917-1918. Espero que lo disfrutéis:

De Don Juan Zaragüeta
Ex Rector del Seminario de Madrid-Alcalá


RECORDEMOS, PUES…

Recibí hace unos días, por conducto para mí singularmente simpático, una policromada colección de folletos rotulados con un misterioso título: La Verdad os hará libre.- Colegio de Nuestra Señora del Pilar.- Recuerdos.

Al hojear sus páginas -pintoresco acervo de listas de nombres, crónicas escolares, y trabajos literarios, todo ello entrecortado con preciosas fototipias- he recordado yo también; he recordado tiempos ya remotos en que mi alma de colegial se meció en las aulas de esa sana libertad de espíritu que constituye como la característica de la educación marianista, y que tan lozanos frutos nos ofrece en estos sugestivos Anales del Colegio de Madrid.

Hay, sin embargo, una sensible diferencia entre los Recuerdos consignados en sus páginas, y los que en mí ha despertado su rápida lectura. Los míos van revistiendo ya, en la creciente lejanía de su perspectiva, un matiz de melancólico atardecer; los vuestros, colegiales de Madrid, aparecen aureolados por el nimbo de un rosicler [1] matinal que abre el alma a las mejores esperanzas.

Y no queráis ver en estas palabras una lisonja de viejo que procura atenuar el frío de sus años piropeando a los jóvenes. No. Aún me siento lejos de lo que pudiéramos llamar la cumbre de la vida; aún me considero -quizás con excesivo optimismo- entre los que se hallan escalando con alegre decisión la «cuesta arriba» de su existencia. Pero cuando, haciendo un alto en la penosa marcha, dirijo una mirada retrospectiva al camino andado, ¿cómo no sentir en el fondo del alma la pesadumbre de su responsabilidad, cómo no estremecerse ante la única lección del «cuestionario» que nos aguarda al término de la carrera de la vida, en el examen de esa asignatura definitiva que se llama el Evangelio, Redde rationem villicationis tuæ. Dáme cuenta de tu administración?

Las preocupaciones de la niñez -afortunadamente para  la encantadora edad- son de ordinario harto más limitadas: apenas rebasan los confines del curso que empieza y del que acaba de transcurrir. Así y todo, ¡qué distinta resulta la presión de un curso en lontananza, en «futuro imperfecto» pudiéramos decir, de la que nos produce ese mismo curso conjugado en «pretérito». Todo el ingenuo entusiasmo, la diligente actividad con que saluda el mejor de los colegiales al amanecer de 1.º de Octubre, se torna al correr de los meses en la hoja marchita de un período ya agotado, no sin dejar en el ánimo del escolar la punzante aprensión de un tiempo perdido o menos bien aprovechado…

Cuando tales colegiales son del Colegio del Pilar de Madrid, pudiera, sin embargo, esta regla general tener sus excepciones. Las tiene ya, desde luego, en punto a la amplitud de horizontes que pretenden los simpáticos muchachos abarcar desde su infantil atalaya. ¡Ahí es nada el alcance de esa formidable «encuesta» (¡perdón por la palabreja! repetiré con vosotros) que dá al tomo de Recuerdos de 1917 un aire de gravedad más propio del Senado Romano que del bullicioso enjambre de sus redactores! Los escolares marianistas, aspirantes ya quizás a «padres de la patria», -no en en balde viven en el corazón de ella- deponen por un momento su inagotable jocosidad para revestir la toga del legislador y preguntarse con un acento de profunda cavilación «¿Cuál será la España ideal?»

La España ideal, amiguitos míos, -y perdonadme esta impertinente intrusión en vuestra encuesta- será ante todo aquella en que cada uno de los españoles, empezando por vosotros, llegue a hacer sus propósitos en consonancia con sus recuerdos, y a tener en sus recuerdos la fiel reproducción de sus propósitos… con tal que sean buenos, ¡naturalmente!

Cuando alguno de vosotros aspira a ingresar en ese temible equipo de «foot-ball» cuyos triunfos cantáis afanosos en vuestros Anales, recibe sin duda mil instrucciones encaminadas a hacer de él un miembro digno de la gloriosa falange… Pero ¿de qué le serviría la preciosa iniciación a los misterios del deporte, de qué su extremada diligencia por abordarlos cumplidamente, si al cabo hubiera de repetir con el gran Sancho Panza, aspirante a gobernador de la ínsula Barataria, ante los consejos de su amo D. Quijote: «No se me acuerda ni acordará más de ellos que de las nubes de antaño». Pues no digo nada del desdichado jugador a quien su poca habilidad o su mucha desidia tuvieran en perpetua contradicción con las instrucciones recibidas y por ventura perfectamente recordadas…

Recordemos, pues, con la mayor puntualidad posible el pasado de nuestra vida, que en ello tendremos la mejor garantía para su porvenir. Recordemos asimismo el pasado glorioso de la patria, como modelo de nuestra actuación ciudadana, y no olvidemos tampoco sus pretéritas miserias o presentes debilidades para ir eliminándolas del horizonte de lo futuro. La tradición es la memoria de los pueblos, y una juventud desdeñosa de las tradiciones patrias me hace el mismo efecto de un individuo que ha perdido la memoria.

Pero, así como una memoria sin talento ni tiene por donde empezar ni sabe a donde conducir, tampoco sería suficiente la labor de un colegial que se limitara a archivar sus recuerdos para desenterrarlos, de cuando en cuando, en forma de hábitos rutinarios… El aprendiz de foutbolista de que antes hablábamos, procurará ante todo tener bien presentes los consejos y advertencias recibidos a su ingreso en el equipo. Lanzado ya en medio de las peripecias de un match sensacional, ¿qué hará el infeliz ante sus mil inesperadas jugadas e imprevistos incidentes, si careciere de todo espíritu de iniciativa, de toda habilidad para adaptar sus recuerdos del pasado a las nuevas situaciones del presente, de las que depende el triunfo del porvenir? Tendrá el mismo ruidoso fracaso con que el ya citado Sancho Panza hubo de abandonar el gobierno de la famosa ínsula, a pesar de haberse previamente documentado con los sabios consejos de su amo consignados por escrito en sendo papel. Verdad es que se le había caído del bolso, antes de salir de casa de los Duques…

Y aquí hago punto final, porque temo que nuestro querido D. Luis encuentre ya un poco atrevida la interpretación de los pocos renglones que me pedía para vuestros Recuerdos en su cariñosa misiva. Al leerla, me encuentro con otro abuso de mayor cuantía y de ya no fácil remedio. En lugar de la critica sincera de vuestros trabajos que en aquélla se me pedía, me he extraviado por los cerros de Úbeda, que para mí son siempre los de la filosofía, más o menos barata… Pero ¿qué queréis que os diga de las muestras de vuestro ingenio, si su lectura ha tenido para mí todo el aroma embriagador de las flores de Mayo y la virtud evocadora de una primavera de la vida que pasó ¡ay! para no volver?

Yo pido a Dios que estas flores encantadoras se traduzcan sin tardanza en frutos de bendición para vosotros mismos, vuestras queridas familias y vuestra noble Patria España. A ella pertenecemos y servimos todos, pero más especialmente vosotros, los niños de hoy y hombres de mañana, en quienes ella cifra sus más caros anhelos y sus más halagüeñas esperanzas. ¡Y con qué certero instinto han adivinado los más pequeñuelos de entre vosotros, en la segunda encuesta de vuestros Recuerdos el verdadero lema del servidor de la Patria! AMOR, RELIGIÓN, INOCENCIA, proclamáis fervorosamente como ideal de la futura generación… Una inocencia que preserve a vuestro corazón incontaminado del oleaje de malsanas pasiones, en que tantas almas juveniles naufragan y perecen -un amor sin límites de fronteras, ni de partidos doctrinales, ni de clases y jerarquías sociales, en cuyo hogar se consuman los mil fermentos del odio con que hoy más que nunca se hostilizan los hombres-hermanos- finalmente, una religiosidad pura y sincera, que dirija con su fe ilustrada y atraiga con su ardorosa caridad a tantos infelices, extraviados por lamentables prejuicios de la ruta conducente a nuestro último fin… Nuestro Señor Jesucristo llevó a tal extremo su predilección por los niños que, deseando expresar en un símbolo viviente el espíritu de la Nueva Ley, no encontró mejor forma que llamar a un niño y, después de abrazarle, presentarlo a las personas mayores que le rodeaban con las siguientes palabras: En verdad os digo, que si no os convirtiéreis e hiciereis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así, pues, colegiales marianistas de Madrid, creced y progresad sin límites en sabiduría y en gracia -como refiere el Evangelio del propio Jesús-Niño- hasta llegar a la cumbre de las Ciencias, de las Artes y de las Letras a que tan hábilmente os conducen vuestros ejemplares maestros. Pero entre tanto, sabed conservar inmaculada, en medio de las asechanzas de los hombres perversos, del despertar fogoso de vuestras propias pasiones, esa triple perla del alma infantil que, según vuestra misma ingenua expresión, es lo mejor del mundo: un corazón puro, una voluntad efusiva para el bien, un alma saturada de cristiana religiosidad…

He ahí, de todos vuestros Recuerdos, el único que nunca debe llegar a serlo, si por tal nombre entendemos las cosas llamadas a desaparecer con el encanto de vuestra infancia.

JUAN ZARAGÜETA. [2]

Madrid 9 Mayo 1918.

Notas del Editor:

  1. Rosicler: Según el diccionario de la R.A.E.: “Rosa claro y suave, semejante al de la aurora”
  2. Juan Zaragüeta y Bengoechea (Orio 1883 – San Sebastián 1974): Fue un filósofo, psicólogo, sacerdote católico y pedagogo español. Antiguo alumno del colegio marianista de San Sebastián. Para más información consultar en la Wikipedia