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CAPÍTULO QUINTO

El Apóstol del descubrimiento

Con tal encargo de aderezar las dos carabelas, y después de recibir las más expresivas muestras de aprecio por parte de los Reyes, salió Colón de Granada a 12 de abril, llegando a la Rábida el 23 de mayo.

Salióle a su encuentro el Padre Juan Pérez (que hacía ya días había precedido a Colón en su vuelta), llevando a Dieguito de la mano.

— ¡Dios sea con vos, don Cristóbal!

— Y con Vuestra Reverencia –respondió el Almirante mientras besaba emocionado a su hijo, que preguntaba:

— ¿Ya sois don Cristóbal, padre?

— Sí, hijo mío, por favor de los Reyes; y tú, de aquí en adelante, eres paje del futuro heredero del trono de San Fernando.

— ¿Del Príncipe don Juan? ¿Y cuándo voy a servirle?

— Primero tienes que aprender muchas cosas que faltan en tu educación.

— Habéis de ver cómo me aplico.

Y penetraron en el convento para determinar lo que procedía hacer.

No se daba punto de reposo Colón, y aquel mismo día, y ante notario, se anunció al pueblo de Palos la determinación tomada por los Reyes.

La noticia circuló como un relámpago por todo el pueblo, y al punto se formaron tertulias comentando la orden.

Hubiera deseado Simeón estar en todas las reuniones para poder explicar a los marinos, con elocuencia, lo descabellado de la empresa que pretendía Colón. Mas no necesitaban ellos de sus explicaciones. La determinación real, presentada como un castigo, era señal inequívoca de lo inseguro y peligroso de la expedición. Cuantas fábulas y consejas habían corrido hasta entonces como cuentos entre aquellos navegantes, se presentaban ahora como verdades inconcusas.

Un vecino de aquel lugar, Pedro Vázquez de la Frontera, criado que había sido durante mucho tiempo del Rey de Portugal, y tripulante de una carabela que había querido seguir el derrotero que parecía indicar Cristóbal Colón, decía que al llegar a cierta región muy distante de Portugal, se encontraba la superficie del mar cubierta de espesísima y fuerte yerba que impedía la navegación.

Los frailes de la Rábida, y algún que otro aventurero más audaz, trataron de convencer a los repugnantes con la empresa; pero todo en vano: no podía procurarse Colón un bajel por ningún medio.

Estos fueron días de los más amargos en su vida. Escribió a los Reyes sentidas cartas explicando el horror que experimentaban aquellos marinos a embarcarse para su descubrimiento, y hasta propuso que se libertase a ciertos presos para que se partiesen con él.

En vista de esta situación apremiaron más los Monarcas al pueblo de Palos, y por cédula de 20 de junio mandaron a los magistrados de Andalucía que tomasen para aquel servicio cualquier buque que creyesen oportuno. Juan de Peñalosa, oficial real, salió con orden de hacer cumplir este mandato. Mas nada había en el mundo que pudiese hacer mover a la obediencia a quienes miraban con prevención manifiesta un empeño tal, impuesto como castigo.

El revuelo aumentó. Murmurábase de todo y de todos, y Colón apuraba amarguras indecibles.

Un solo hombre había en Palos capaz de hacer entrar en razón a sus habitantes. Este era Martín Alonso. Marino prestigioso y respetado, íntegro en todas sus cosas, serio y arrojado, sobresalía entre todos los pilotos andaluces por su clarividencia y valor. La austeridad de su vida como patrón de múltiples expediciones, la serenidad de su ảnimo, mil veces probada en ocasiones de inminente peligro, le habían ganado la estimación y autoridad moral de que gozaba entre toda la gente de mar.

A él, pues, acudió Colón en último recurso.

— Sé -le dijo- la sinceridad de vuestra palabra dada, y reconozco que habéis hecho mucho para disipar los vanos temores de este pueblo. Pero, no obstante, hay que reconocer que aquí los medios ordinarios no bastan. Me prometisteis hace meses ayuda incondicional de vida y hacienda. Mucho habéis trabajado por mí, y nunca os lo podré agradecer bastante; pero yo quisiera que hicieseis hoy un esfuerzo supremo, y os lo pido con el mayor encarecimiento en mi desesperación.

— Y ¿cuál queréis que emplee? –preguntó Martín Alonso cruzando los brazos.

— Ahí está la dificultad. A mí no se me ocurre ninguno; pero sé muy bien que en ese pecho hay más arrestos escondidos, hay fuerzas latentes que os moverán a determinaciones por mí ni siquiera sospechadas. Yo confío enteramente en vuestras decisiones.

Reflexionó Pinzón unos instantes, midiendo a largos pasos la estancia, y por fin, volviéndose rápido a Colón, exclamó:

— Pues bien: seré el apóstol de vuestros planes.

Y sin decir más palabras salió a la calle para recorrer los grupos de marineros que en ellas pudiera encontrar. Que no eran escasos. Con desusado acento de reconvención y elocuencia en él sorprendentes, les apostrofaba por su cobardía

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— Amigos -les decía. ¿Qué hacéis aquí murmurando de Sus Altezas y de don Cristóbal?¿Cuándo se dijo que los marinos de Palos fueran gallinas? ¿Os atemoriza empender un viaje en el que habéis de encontrar gloria inmarcesible y riquezas sin cuento, si acaso se descubre la hermosa tierra de Catay, Mangui y Cipango? Y cuando no, ¿acaso ignoráis que con el astrolabio y la aguja de marear, no hay modo de extraviarse hoy por esos mares? ¿Cuándo os llevé yo a ninguna empresa falsa? ¿Cuándo perdisteis el derrotero conmigo? Venid, venid a llenar las carabelas, que yo os emplazo a que perdáis la confianza que en mí tuvisteis siempre, si en este caso mis promesas salieren fallidas.

Con estas y semejantes palabras iba arengando a todos sus paisanos, zahiriendo a los tímidos con pullas picantes; prometiendo a los codiciosos cuantiosas riquezas, comunicando su aliento de entusiasmo a los indecisos, y levantando, en una palabra, el espíritu de todos. Nadie, nadie se atrevía a oponer la menor observación a sus frases. Conocían demasiado su pericia y arrojo y subyugaba sús ánimos verle salir tan de repente de su seriedad y silencio proverbiales, convertido en levador de la empresa de Colón.

Sin embargo, allá en lo más apartado de la población, vió un grupo de marinos que no se acercaban al corro en que él peroraba, como lo hacían al punto cuantos le divisaban. Aquellos hombres debían ser los más pertinaces… tal vez los secretos alentadores del fuego de la insubordinación. Martín Alonso no vaciló un instante. Dirigióse a aquel grupo y advirtió en seguida la frialdad con que era recibido. Mas ¿qué le podían impresionar aquellas demostraciones de desagrado? Estaban allí nada menos que sus socios en la poşesión de algunos barcos, y a los cuales había perdonado mil veces deudas de bastimentos y porcentaje en la reparación de las carabelas.

— ¿Mohinos estáis, Rascón y Quintero?

Un silencio prolongado siguió entre los del grupo.

— ¿Habéis enmudecido? ¿Acaso tenéis algo con vuestro amigo Martín Alonso? ¿Calláis?

— Sí por cierto. Tenemos algo y mucho, Pinzón -decidióse por fin a decir Quintero.

— Explicaos, pues; que hablando se entiende la gente.

— Jamás hubiéramos creído se metiese nuestro mejor navegante a dominguillo de un extraño.

— Poco a poco, que un Pinzón no es dominguillo de nadie, y en este caso habéis de saber que no sirve a un extranjero. Preguntad, si queréis, a Colón por su patria.

— Nadie le habrá de creer español si desea que mueran los habitantes de Palos.

— Muy largos sois en prever calamidades. Él sólo ansía el engrandecimiento de España. Además, aquí de lo que se trata no es tanto de servir a Colón como a los Reyes nuestros señores, en lo cual él os está dando el ejemplo. ¿No sentís vergüenza?

— La sentiríamos -interrumpió Rascón- si esa empresa no fuera sueño de un loco y castigo por faltas que otros han cómetido.

— Yo no tolero que tratéis de loco a mi amigo. Es el genio más alto que posee hoy Europa.

A estas palabras abrieron desmesuradamente los ojos aquellos indecisos marinos. Hablaba en serio Pinzón. No era un loco Colón, como se lo tenían dicho y explicado.

— ¿Creéis entonces en las tierras que piensa descubrir?

— ¿Cómo no?

— Nunca lo pensáramos. ¿No habéis oído acaso lo que dice Pedro Vázquez de la Frontera?

— Ya lo creo que lo he oído; pero eso lo tenía por descontado don Cristóbal. Hace ya muchos siglos que Aristóteles, un sabio a quien él se sabe de pe a pa, lo tenía ya afirmado.

— Nosotros hemos oído que en Portugal ya se ha intentado esta hazaña, y lo único que se encontró fueron tempestades y miseria.

— Pero ya habréis oído, sin embargo, que Martín Vicente, también marino portugués, halló en una de sus expediciones un madero finamente tallado, con figuras extravagantes, y no por instrumentos de hierro, de fijo. No sería, pues, europeo el objeto.

— Creo que vais a una aventura que acarreará la ruina de nuestro pueblo.

— Os aseguro que no. ¿Tampoco oisteis hablar acaso de aquellos dos cadáveres que trajeron las aguas de Occidente y que presentaban rasgos y color muy distintos de los europeos?

— Razón tenéis -insistió uno de los presentes.

— Nada, nada; Quintero y Rascón, a preparar la Pinta para que marchemos en ella acompañando a Colón cuanto antes.

— Tiene fuerza que vaya uno a hacer ese sacrificio sin ninguna recompensa.

— No os hará falta más recompensa que la gloria y riqueza que traigáis de Cipango y Catay. Pero, en fin, para que veáis que vosotros no perdeis, los que más, en la expedición, podéis contar con que está perdonada la deuda que contrajisteis hace quince días conmigo por las ocho redes que me tomasteis prestadas.

— Vemos que es imposible resistir a vuestro ejemplo y palabras. Contad con que tendréis todo listo muy pronto en la Pinta.

Y era cierto que no podían resistir a Pinzón. Su ejemplo había corrido como reguero de pólvora por toda la población, y la mitad por lo menos tomó partido decidido por él. Los que todavía andaban reacios no se atrevían a exteriorizar sus temores por miedo a ser tachados de cobardes.

Con la propaganda de Pinzón, en la que andaba secundado por sus tres hermanos, también expertos navegantes, Francisco, Martín y Vicente Yáñez, estaba ya resuelta la empresa colombina, pero no así la de su rival, que laboraba en las sombras cual asqueroso insecto.

Simeón había tratado por todos los medios (al tenor de las instrucciones recibidas de José ben Sadí) de impedir la partida de la expedición, y con halagos, explicaciones capciosas, préstamos, argucias de toda clase, había triunfado hasta el presente; mas ahora debía confesarse derrotado. 

No se desesperó el muy ladino. Había todavía un recurso para estorbar la gloria de los navegantes de Palos. Martín Alonso había de ser efectivamente el mayor obstáculo para sus planes, como claramente lo deducía de su arrojo y autoridad entre todos los tripulantes. Colón, sin Martín Alonso a su lado, no podría dar un paso, por mayor más alientos que abrigase. Era un extraño y bastante desprestigiado entre los marinos de Palos.

Pero ¿cómo apartar a Martín Alonso de la compañía de Colón? Bien se guardaría él de proponérselo directamente. Conocíanse mutuamente de modo suficiente para no avistarse en caso semejante. Pero si no podía lograrlo por modo directo, lo conseguiría por otros medios bien madurados.

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