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CAPÍTULO SEXTO

Frutos de la cizaña que sembró Simeón

Para principios de agosto estaban vencidas todas las dificultades que habían detenido a Colón en la realización de sus propósitos. La gente de mar de Palos se dedicaba a proveerse de cuanto creía le había de ser necesario en las tierras que según confesión de Pinzón habían de encontrar caminando por el Occidente.

Tres eran las carabelas que por fin se habían habilitado. Poco a poco se iban llenando de provisiones de toda suerte. Víveres para los tripulantes, suficientes a alimentarlos en la larga travesía que iban a realizar; simientes que introducir en las nuevas tierras que se descubrieran; baratijas y chucherías que, a imitación de los portugueses en las Indias orientales, habían de ser cambiadas con los indígenas para lograr el oro que allí se recogería en abundancia; agua dulce con que saciar la sed que sin duda les había de aquejar en aquel viaje por los trópicos; vestidos, armas, encargos de toda suerte que soñaban realizar en cuanto tocasen en las fabulosas tierras de Occidente.

No eran los menos afanosos en esta tarea nuestros ya conocidos marinos Gómez Rascón y Cristóbal Quintero. Andaban proveyéndose de cuanto podían haber a las manos que les trajera pingües rendimientos en el tráfico, y no pudieron por menos de ir a parar a casa de Simeón, como tantos otros, para ultimar sus provisiones.

— Nada, nada me han dejado ya esos aventureros -exclamó el usurero al oír su pretensión-. Todos mis ahorros de veinte años han ido ya a manos extrañas.

— ¿Pero ni un cascabel, ni un espejo, ni una correa vieja tenéis?

— Absolutamente nada. Hoy por hoy soy el ente más miserable de cuantos viven en Palos de Moguer.

Y luego como quien deja caer al acaso una frase, añadió:

— ¡Ah, sí! Creo que tengo todavía una carta geográfica de las que compré a don Cristóbal cuando llegó a la Rábida, miserable, hace meses.

— Sacádnosla, sacádnosla dijeron a una los navegantes.

— Aquí está-. Y sacudía un rollo de pergamino que cogió en un anaquel lleno de telarañas.

Miraron ellos estupefactos el mapa y se hicieron muecas de inteligencia.

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En uno de los rincones del estampado legajo se leían estas palabras: «Itinerario para llegar por Occidente a las Indias».

Tras breve regateo pagaron aquel mapa-dibujo con parte del beneficio que hicieran cuando sacaron de España a los hebreos recomendados de Simeón.

Éste estaba satisfecho. Había logrado que cayesen en el lazo preparado. Martín Alonso, víctima de la codicia de sus socios, se separaría de modo necesario de Cristóbal Colón, y a buen seguro que los tripulantes de la Pinta perecerían en los abismos del tenebroso mar. Pero convenía tener en la carabela almirante quien fomentase la desconfianza de don Cristóbal con respecto a Martín Alonso, para mejor afianzar la separación de éste, y halló un auxiliar eficaz en Rodrigo Sebástez.

Habíale este tripulante manifestado cómo estaba destinado a la carabela Santa María, que llevaría a su bordo al almirante, y a esta revelación del piloto de Palos, respondió el judío con su sonrisa de conejo:

— Dios depare a tu carabela ligereza.

— De eso ya se encargará el almirante.

— Sí; pero no logrará, sin embargo, superar a la Pinta.

— Esperará entonces ésta a la Santa Maria.

— Lleva patrón que no se detiene.

— Entonces, ¿crees…?

— No; yo no creo nada, sino que me ha chocado mucho, como también a ti y a todo el mundo, el interés exagerado que Martín Alonso se ha tomado por la expedición. ¿Crees tú que eso se hace sin miras personales? Yo me he convencido, como todo el mundo, de que, efectivamente, pudiera descubrirse ese camino de que hablan los Pinzones; pero creo también que no será don Cristóbal quien llegue el primero.

— Entonces sí que se destruyeron todos mis sueños. Yo que pensaba pasarme todas las noches en vela para avisar antes que nadie la tierra lejana y ganar así el premio que ha ofrecido don Fernando el Católico.

— Pues que tengas más suerte de la que yo calculo.

— Ya lo creo que la tendré. Como que se guardará muy bien Alonso de separarse de nuestra carabela, pues yo avisaré del menor desvío al Almirante.

— Entonces pudiera ser que yo me equivocase -dijo Simeón al despedirle y cerrando los ojos, al parecer movido por el sentimiento de la separación de Rodrigo Sebástez, pero en realidad para contemplar allí en lontananza y sobre su mesa de cambio los cuarenta mil maravedises y más que le habían prometido.

Ya antes de la madrugada del 3 de agosto de 1492 se notaba en las cercanías de Palos desusado movimiento.

Tres carabelas, dos de ellas descubiertas, abarrotadas de bastimentos, aguardaban en la pequeña bahía de Saltes la orden de partida. Ultimaba la gente sus preparativos corriendo de un lado a otro con visible alborozo y alegría; mas a una señal dada de tierra, todo el mundo saltó de las embarcaciones para dirigirse a la iglesia de Santa María de la Rábida, donde oyeron misa y comulgaron, desde el Almirante hasta el último grumete, de manos del insigne Padre Juan Pérez y en presencia de casi toda la población que quedaba. Así se encomendaban al cielo en todas sus grandes empresas nuestros antepasados.

Terminada la augusta ceremonia, fueron tomando sus puestos en las tres embarcaciones los ciento veinte marinos que emprendían el viaje de descubrimiento de un nuevo mundo.

Ya ondeaba en los bajeles el pendón de los Reyes de Aragón y Castilla, consistente en cruz verde sobre fondo blanco.

Las despedidas habían terminado con la gente de tierra.

Estaban ya en la almirante Cristóbal Colón, jefe de la flota, Juan de la Cosa y Sancho Ruiz, piloto en la Santa María, propiedad del segundo. Iban en la Pinta: mandándola, Martín Alonso; como maestre, su hermano Francisco Martín, y de piloto, Cristóbal García Xalmiento; viajando en ella, asimismo, Gómez Rascón y Cristóbal Quintero. Mandaba la Niña Vicente Yáñez Pinzón, y la pilotaban Pedro Alonso Niño y Bartolomé Roldán. Iban además Rodrigo Sánchez de Segovia, como inspector general de la Armada; Diego de Arana, como alguacil mayor, y Rodrigo de Escovar, como real escribano. No faltaban tampoco a la expedición su médico y su cirujano.

Cortáronse por fin los juncos del entenal, y las tres embarcaciones comenzaron la travesía lenta, majestuosamente, como advertidas de la trascendencia de su misión. Entre los sollozos que arrancaba la incertidumbre de la vuelta de algún ser querido que se oían en el muelle, sobresalía muy distinto el grito de: «¡Buen viaje!», mientras el guardián de la Rábida describía en el aire con la mano las bendiciones de la Iglesia para los atrevidos argonautas.

Colón, siempre precavido, y más después del calvario que había pasado últimamente en Palos con motivo de la organización de la expedición, comenzó inmediatamente un diario para su uso personal y de los Reyes Católicos, en el que apuntaba todas sus impresiones con escrupulosa asiduidad, así como el camino que iba recorriendo cada jornada. Pero al mismo tiempo que este diario fidedigno, para servicio de su tripulación llevaba otra cuenta pública del camino recorrido, en la cual disminuía el número de millas, con el fin de no acobardar a los pusilánimes, si les revelase la verdadera distancia de España a que se hallaban.

El gozo de Colón viéndose por fin en plena mar, con tres embarcaciones bien dotadas, al servicio de Reyes poderosos, no reconocía límites y se desbordaba en las conversaciones que con sus marinos sostenía. Mas quiso Dios que no durase mucho tiempo esta alegría, y las artimañas de Simeón para concluir con el viaje comenzaron ya a surtir sus efectos al tercer día de emprendida la navegación.

Cristóbal Quintero, que, en calidad de propietario, lo mismo que Rascón, solía reemplazar a ratos al timonel en la Pinta, había conseguido en la tarde del cinco deteriorar bastante el timón de su náve, aunque aparentemente no se advirtiese el daño. Así que pareció a la tripulación completamente casual el accidente que sufrió al día siguiente, 6 de agosto, el timón, partido y desencajado.

Advirtió inmediatamente Martín Alonso a la carabela almirante del percance sufrido; mas como soplaba fuerte viento, no pudo Colón acudir a enterarse con exactitud de lo ocurrido.

No obstante, alguno se lo quiso explicar. Estaban aquel mismo día 6, por la tarde, comentando el suceso los acompañantes de don Cristóbal, y alguien se permitió apuntar que sería prudente volverse a Palos a reparar la avería de la Pinta.

— Eso, jamás -dijo Colón, persuadido de la fuerza que perdería su autoridad en el ánimo de los aventureros si tan pronto se les indicaba la necesidad de diferir el viaje.

— No deben de estar muy lejanas las Canarias -añadió-, hacia las cuales caminamos, y será, por consiguiente, mejor ir allí a recalar.

— Pero, y si la Pinta no puede seguir -se atrevió a insistir Rodrigo.

— Sí podrá, pues no es Martín Alonso ningún manco.

— Pero tal vez sea en este caso perezoso -recalcó con retintín Sebástez.

— A fe que no, puesto que ya nos alcanza su embarcación.

Con la ayuda de cuerdas y clavos, había conseguido Pinzón arreglar momentáneamente el desperfecto, viniendo a deshacer las sospechas que comenzaban a apuntar en el ánimo de Colón.

Atribuyó, sin embargo, el percance a intencionado manejo, y, ya que no podía acusar a Pinzón de moroso en su servicio, buscó entre los que le acompañaban quién pudiera ser el autor. No se equivocó en este caso. Conocía él la oposición que Rascón y Quintero habían hecho a sus proyectos en un principio, y estampó en su diario la insinuación de que ellos podrían haber destruído el timón con ánimo de volverse a Palos, abandonando aquellas aventuras.

Bueno que intentasen lo primero; pero no entraba en los proyectos de los cómplices de Simeón dejar tales empeños. En posesión del itinerario para Occidente, y creyendo fundadamente que se aconsejaría la vuelta a España, por lo menos de la Pinta, ellos revelarían en el camino a Pinzón su secreto; y como aquella carabela era la más ligera, tendrían, de fijo, tiempo para remediarla y llegar a Cipango antes que Colón, si acaso su tripulación le permitía seguir adelante en su deseo.

El arreglo de Pinzón era muy somero, y al día siguiente se hallaron con que estaba ya inservible de nuevo el timón. Martín Alonso calculaba mal, como la generalidad, la proximidad de las Canarias, y envió a decir al Almirante lo nuevamente ocurrido, preguntándole al mismo tiempo que, pues faltaban varias jornadas para Canarias, si convendría volver a reparar en Palos la avería.

Esta inocente pregunta trajo de nuevo al pecho de Colón el recuerdo de las vagas palabras de Sebástez del día anterior. Mandó responder al insigne marino de Palos que no estaba tan lejos como pensaba la tierra de Canarias, y que, por consiguiente, se areglase cuanto antes el timón y continuase la Pinta su ruta; antes de dos días podría ser reparada su avería.

No satisfacían estas explicaciones a Pinzón, que, como todos los tripulantes, pensaba que don Cristóbal se equivocaba en apreciar la distancia de Canarias.

— Ese demonio de hombre nos lleva a la perdición segura -indicó Rascón.

— Vamos a perder nuestro barco antes de poco tiempo -asintió Quintero-. ¿Cómo vamos a resistir cinco jornadas, que, según todos los cálculos, nos restan para llegar a Canarias?

— Hágase la voluntad de Colón -respondió secamente Martín Alonso, y, arreglando como pudo el desperfecto, continuaron la marcha.

Por fortuna para la Pinta y sus tripulantes, no se había equivocado el jefe de la escuadra. El 9 por la mañana se divisó el puerto de La Isleta en la Gran Çanaria. Todo fueron alabanzas a la previsión de Colón, que había acertado contra todos sus compañeros, y no fue, por cierto, Pinzón, quien escatimase estas muestras de admiración a su sabiduría.

En cuanto desembarcó, fuése a tomar órdenes de su jefe, que ya le aguardaba en tierra, buscando proporción de remediar lo más pronto posible aquel desperfecto.

En un principio trató Colón de adquirir otra nave; pero no hubo en Canarias quien la quisiera ofrecer, y al fin, tras varios días de diligencias, tuvieron que resignarse los expedicionarios a arreglar del mejor modo posible el timón de la Pinta, cambiar las velas de la Niña, que también las tenía defectuosas, y emprender de nuevo el derrotero de Occidente, solución que no satisfacía, ni con mucho, los planes y deseos de los propietarios de la Pinta.

Pasadas más de tres semanas en la Gran Canaría, marcharon la Pinta y la Niña al encuentro de la almirante, que les había precedido para proveerse en La Gomera de agua, leña y otros artículos de imprescindible necesidad. Cuando pasaban frente al Pico de Teide, en espantosa erupción por aquellos días, los más pusilánimes interpretaron el fenómeno como de muy mal agüero, a pesar de las explicaciones que Martín Alonso y otros pilotos expertos daban del mismo.

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