Hoy comparto con vosotros esta hermosa crónica de la visita que hicieron los alumnos del colegio a los ancianos del asilo de las hermanitas de los pobres en Abril de 1918. Espero que la disfrutéis tanto como yo:

Visita a los pobres 

Heme aquí convertido en cronista, y nada menos que de una epopeya. Si, señores, porque yo creo que una epopeya es la caritativa visita que nuestros pequeños compañeros de Goya hicieron a los ancianos del Asilo de las Hermanitas de los Pobres, los que les recibieron no sólo con los brazos abiertos, sino hasta con música.

El día 24 de Abril a las dos y media de la tarde se dirigieron los alumnos de Goya hacia el Asilo; algunos conocedores de él por las visitas de años anteriores decían «esta es la mía» y con aires de importancia iban contando a sus compañeros lo que verían más tarde.

Por fin aparece a nuestra vista en lontananza el Asilo, severo, majestuoso.[1]

Las puertas se abren, y entre una doble línea de ancianos y ancianas que aplauden frenéticamente, desfilan los niños mientras algunos de aquéllos lanzan al aire armoniosos compases ejecutados con panderetas y guitarras. 

Lo primero que hacen los muchachos es visitar el Asilo empezando por la cocina donde admiran los peroles relucientes que alguien confunde con máquinas de vapor. 

Siguen a continuación viendo los comedores, dormitorios, cuarto de baño, y demás dependencias de la benéfica casa. 

Por fin toca el turno al reparto de la merienda, que los niños hacen rápidamente y con gran desparpajo, no separándose de los ancianos hasta que saben el nombre y la edad de cada uno de ellos, con todos sus pelos y señales.

Figuraba después en el programa los juegos de los ancianos con los niños en el jardín; pero una nube negra, cargada de agua, se encarga de quitarnos aquella parte de la fiesta, y en su defecto juegan los niños en el cobertizo que rodea el jardín. 

Pero en un momento en que arrecia menos el aguacero salen los niños y juguetean corriendo y brincando entre los macizos llenos de flores, que las monjas, como la abeja su panal, habían cultivado solicitas y cuidadosas. 

Unos por aquí, otros por allá, todos se desparraman por el jardín, mas como la lluvia se repite, suena el pito del profesor que como el clarín del soldado reúne a todos. 

Siguen después las funciones en el salón, y ante un numeroso público de ancianos y de ancianas, representan La Torta de mi abuela tan bien o mejor que el día del Centenario. 

Se cantan luego varios aires regionales, y para coronar la parte teatral, la popular Canción del Olvido[2], seguida de coros e himnos patrióticos, a la bandera y a España, que producen el entusiasmo de todos los presentes. 

Mas he aquí que un asilado avanza con un papel en la mano, y con un estilo inmejorable, nos lanza un discurso de gracias, con el aplomo de un buen orador, comparando a los niños que a visitarlos venían, con nuevas flores de primavera, y a ellos, los ancianos, con árboles viejos que ya inclinan sus ramas hacia la tierra.

Después se visitó la capilla donde se rezó un Rosario, y se escuchó un Sermón, terminando todo con la bendición del Santísimo, y con coros a la Virgen, en que los ancianos alternaban con los niños formando un conjunto armonioso y conmovedor.

Mas, luego la nube desaparece y el astro rey vuelve a brillar de nuevo, devolviendo la alegría a todos, niños y ancianos, que salen al jardín y juguetean unos con otros alegremente.

Al ver yo aquel cuadro en que los niños vivarachos y juguetones sacaban de sus casillas a los pobres ancianos haciéndoles un sinnúmero de caricias y zalemas, no pude menos de recordar muchas cosas que me callo, pues se suponen… 

Sólo me limitaré a decir que cuando los niños otra vez en fila salían del Asilo, todos se despiden amables de ellos, y las ancianas trocándose en dolor su antes alegría, vierten una lágrima mientras agitan las manos despidiéndose de sus pequeñuelos visitantes. 

Por la calle cada niño agitaba en la mano el hermoso ramillete que los ancianitos les habían preparado. En sus vistosos colores se simbolizaban la gratitud de los asilados y de las Hermanitas, la bendita y vivificante caridad y, todo, la esperanza -y ahora cedo la palabra al anciano orador que con emoción sincera habló a los alumnos- de que los niños «miren hacia lo alto, llevando en sus corazones las semillas de las virtudes cristianas para que en su día den opimos frutos». 

RICARDO COLMENARES. (6° año.) 

Nota del editor

[1] Aunque el texto no lo especifica supongo que la visita se realizó al hogar de las Hermanitas de los Pobres situado en la calle Almagro nº 1.

[2] La Canción del Olvido es una zarzuela del maestro Serrano estrenada en 1916. Me imagino que los alumnos cantarían en esta ocasión el célebre coro de los soldados “Soldado de Nápoles”.