Tradicionalmente dedicamos el mes de Noviembre a publicar las notas necrológicas de la revista Recuerdos. En esta ocasión, comenzamos a recordar el curso 1913-1914 y el triste obituario de Juan Carlos López de Escoriaza.

Juan Carlos, ya había sido nombrado anteriormente en las entradas del blog, apareciendo en Los mejores de la clase (Curso 1912-1913) y en el Libro de oro (Curso 1911-1912). Era, por tanto, un alumno excelente, que desgraciadamente falleció en el último curso cuando sólo restaban unos meses para abandonar el colegio. Es fácil imaginar el dolor de sus compañeros y de su familia: su padre, Pedro López Alfaro, y sus hermanos, Victoria, Virgilio y Antonio López de Escoriaza.

NECROLOGÍA


JUAN CARLOS LÓPEZ DE ESCORIAZA (1898-1914)

Murió el 11 de Abril, durante las vacaciones escolares de Semana Santa. Al recibir, sin previa preparación, tan inesperada noticia, el rostro de sus compañeros no sólo dibujaba la sorpresa de golpe tan imprevisto, sino que se contraía dolorosamente delatando que estaban heridas las fibras más sensibles del corazón; Juan Carlos sabía despertar universales y profundas simpatías.

Como dijo el predicador en las honras fúnebres celebradas en el Colegio, el querido difunto era todo corazón, elogio vulgar para quien confunda el amor verdadero con una sensibilidad superficial y morbosa; elogio incomparable para quien sepa todo lo que sintetiza esa palabra tan sencilla de delicadas inspiraciones, de miserias ajenas compartidas, de sacrificios dolorosos y callados, de eficaces deseos del bien ajeno. Juan Carlos era todo eso y mucho más que se rastrea por algunas palabras sueltas, las únicas en que exteriorizaba algún retazo de su hermosa alma, en el seno de la intimidad y sin comprender todo su alcance, pues su modestia le hacía considerar como un defecto y una debilidad lo que no era sino hermosa cualidad del corazón.

«Yo he de ser siempre muy desgraciado -decía en una ocasión- porque tengo que cargar con todos los sufrimientos ajenos.» Eso ha sido su corta vida: un olvido constante de sí mismo para derramar un poco de felicidad y de alegría en su derredor.

Juan Carlos López de Escoriaza.
Juan Carlos López de Escoriaza.

Idolatraba a sus padres, y al hablar de ellos se sorprendía en su voz como un dejo de temblorosa emoción; a su difunta madre, perdida en sus más tiernos años, profesaba verdadero culto, y uno de sus profesores pudo observar, al hacerle una visita en el lecho de muerte, que el cristal que recubría el retrato de su mamá estaba empañado por los besos que en él imprimía Juan Carlos antes de acostarse.

Para sus profesores se mostró siempre lleno de sincera deferencia y de franca espontaneidad. Para sus compañeros fue siempre un excelente amigo.

Pero no vayamos a imaginarnos, por estos rasgos tomados al azar, a Juan Carlos como una especie de sensitiva, que se estremece al menor contacto de la realidad, siempre dispuesto a las lágrimas y revolviendo en su cabeza ideas negras y pesimistas. Era un alma fuerte, de temple viril en que la misma sensibilidad tenía entonaciones vigorosas.

Alegre, decidor, chancero, sabía soportar con ánimo sereno los contratiempos inevitables de la vida de colegio; bueno y amable con todos sus condiscípulos, no aceptaba inspiraciones y menos imposiciones de nadie, cuando su conciencia le dictaba lo contrario. Se le ha visto renunciar a los lazos de una estrecha amistad para no parecer compartir, ni siquiera contemporizar con las dudosas tendencias morales de algún compañero menos delicado. Más aún: supo soportar prolongadas antipatías cuando creyó que sumarse a algunos de sus compañeros era cobardía impuesta por los respetos humanos. Los que conozcan la fuerza del compañerismo y del qué dirán entre los escolares, podrán apreciar con justicia la robustez de alma que esta actitud denota.

Bueno, mientras lo permite el deber, lo fue Juan Carlos como el que más; pero independiente y personal y enérgico también cuando la complacencia le parecía debilidad de alma.

Su piedad, como es natural, revestía los mismos caracteres. Nada de afectación, ni de singularidades, ni de prácticas más o menos supersticiosas. Su piedad era sincera, honda y modesta. En sus dificultades tenía por costumbre dirigirse a María Santísima, a la cual hacía algún ofrecimiento generoso. Un detalle: con ocasión de una operación que debía sufrir un miembro de su familia, se privó de postre durante un mes entero, sin comunicar a nadie su resolución. Era regularísimo en sus prácticas cristianas, y no pasaba sábado sin que acudiera al tribunal de la penitencia, consagrando a la preparación y acción de gracias un tiempo y una atención que manifestaban la importancia grande que daba a ese acto. Quiso se le señalara, entre los catecúmenos japoneses, uno a cuya conversión enderezaba sus plegarias. Sus prácticas piadosas no eran simplemente producto artificial del medio, ni natural inclinación de la edad, sino fruto de un criterio maduro y casi superior a sus años. Eso al menos parece inducirse de las manifestaciones exteriores.

Y en efecto, la enfermedad que no hace a los santos, pero los descubre, parece confirmar cuanto llevamos dicho.

Que el enfermo tenía plena conciencia de su extrema situación era cosa indudable para cuantos se le acercaban, y sin embargo no susurraba ni palabra de lo que presentía, porque su único afán era evitar toda pena a su padre, cuya angustiosa situación adivinaba, y cuando éste penetraba en su cuarto, después de acariciarle Juan Carlos con verdadero mimo, su única preocupación era que se atendiera a su papá, para que no experimentase la menor incomodidad, y sin embargo su cuerpo era ya una ruina; pero constante con su táctica, ni aún entonces se acordaba de sí mismo. La muerte no le arredraba; él mismo lo declaraba, con toda sencillez, al Padre que le confesó, y cuando le fue administrada la Extrema Unción, sus primeras palabras, pronunciadas con gran serenidad de alma, fueron para expresar su agradecimiento al Padre que le asistió.

Su piedad se reveló la misma que durante su vida: afectuosa, tierna, sólida, pero sin extremos de sensibilidad femenina. Un día en que le era más difícil conciliar el sueño, pidió la medalla de congregante, la colgó al cuello y, según confesión propia, se durmió al instante. Al hacer su confesión, en el lecho de muerte, rezaba con un fervor tan penetrante y con acento de tan honda convicción, que el confesor salió conmovido y pensativo. Como le hicieran observar que era Viernes Santo y que sus padecimientos le hacían semejarse a Cristo en la cruz, «¡Buena diferencia!» exclamó al punto, poniendo en su voz un visible dejo de indiferencia hacia su propio estado.

¿Ha de causar extrañeza, después de lo dicho, que en su entierro se recogieran, como al azar y entre personas extrañas a la familia, frases como éstas: «Era muy bueno», «era demasiado bueno para esta tierra», «al que los dioses aman se lo llevan joven», sentencia esta última hermosa, pero pagana, que nosotros preferimos cristianizar, tomando su equivalente en la Sagrada Escritura: «Ha muerto joven pero ha realizado una vida llena»?

CONSUMMATUS IN BREVI, EXPLEVIT TEMPORA MULTA