Siempre digo que detrás de cada uno de los nombres que aparecen en el monumento a los caídos hay una historia de valor, sufrimiento, heroísmo o amor. En este caso os traigo la historia de Eugenio Arizcun García.

Eugenio, era un pilarista de la promoción de 1933. Su padre era magistrado de la Audiencia Territorial de Madrid y fue asesinado en Noviembre de 1936, aunque esa es otra historia…

Al salir del colegio empezó la carrera de derecho y se afilió a la Falange en 1934. Fue miembro de la Primera Línea de Falange.  Durante la Guerra Civil participó en la Quinta Columna en Madrid. Debió pasar en algún momento a la zona nacional y alistarse para combatir en el frente. También era miembro de la Secretaría Política del Movimiento. Al terminar la guerra se alistó en la División Azul como simple soldado, encuadrándose en el 1er Batallón del 269 Rgto. Murió en Rusia el 13-XI-1941 a los 24 años de edad en la batalla de Possad y ahí quedaron sus restos enterrados en el cementerio de Podberesje-II, fila A.

Esquela de Eugenio de Arizcun García. (Fuente: Hemeroteca ABC).
Esquela de Eugenio de Arizcun García. (Fuente: Hemeroteca ABC 30-XI-1941).

En el portal “Por Tierra Mar y Aire” se pueden encontrar una serie de relatos dedicados a la División Azul y uno de ellos tiene por protagonista a nuestro compañero. Por esa razón no me resisto a compartir con vosotros esta excelente narración cuyo autor, desgraciadamente,  desconozco. Espero que os guste.

Eugenio Arizcun García


Las acciones, combates y otras cuestiones relacionadas con la División de Voluntarios Españoles en Rusia (250 División), no son producto de mi “sesera” sino hechos acaecidos de verdad en aquellas lejanas tierras durante los años de la Segunda Guerra Mundial, a donde acudió una unidad de voluntarios españoles creada ex profeso para ir a combatir lo que en ese tiempo se consideraba el peor enemigo de la humanidad. Equivocados o no, ellos, esos hombres, lucharon, sufrieron y murieron por unos ideales en los que creí­an fervorosamente. Como españoles de rancio abolengo, descendientes de aquellos otros antepasados que lucharon por toda Europa, creyendo en lo que hací­an y por qué lo hací­an.

Este relato lo oí­ muy atentamente de mis tí­os carnales, los cuales fueron voluntarios de la “Azul”, como ellos decí­an. Anteriormente leí­ bastante del tema y posteriormente he indagado, sobre la unidad de voluntarios españoles.


Los restos del 1º Batallón del 269 Rgto., reforzados con varios Grupos Antitanques, se baten desesperadamente en el círculo exterior de trincheras de Possad, pero no pueden evitar que algunas unidades de asalto soviéticas se infiltren hasta las primeras casas, donde son rechazadas a bayonetazos.

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Tres divisionarios, aislados en un pozo de tirador, intentan romper el cerco arrojando sus últimas bombas de mano, al tiempo que saltan del hoyo gritando:

-¡¡¡Viva España, Arriba España!!!

Y cuando esperan recibir una descarga mortal de subfusiles, observan con estupor que diez siluetas enemigas se alzan de la nieve y permanecen inmóviles con las manos sobre los gorros orejudos.

-¡Niet komunist!…

No saben que acaban de entregarse a tres hombres desarmados. ¿O quizá lo sepan? Tal vez lo hayan hecho intencionadamente. En todo caso, éstas y otras escenas semejantes se producen el 13 de Noviembre en la Batalla de Possad, mientras las armas automáticas españolas van siendo inutilizadas una tras otra, y los nidos de ametralladoras vuelan en pedazos por el aire.

-Hay que fortificar.- La orden ha partido desde el fondo del búnker en que yace heri­do el Comandante Luque.

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Dibujo de José Ferrer Clauzel.

Hay que combatir y excavar trincheras. Hay que alternar el pico y el fusil. El acero rebota en la tierra endurecida, pero hay que insistir, hay que abrir zanjas para enlazar las isbas (típica vivienda campesina rusa) entre si. Hay que picar a pecho descubierto a los ojos del enemigo, en medio de una volcánica erupción de tierra, hielo y metralla. Los proyectiles soviéticos del 12,4 y del 7,5 planean sobre las copas de los árboles del bosque y estallan en las isbas, cuyas techumbres arden como teas. Los artilleros soviéticos son muy buenos, hay que reconocerlo pese a todo; afinan la punterí­a que es un primor, desencadenando un fuego a gran escala. Y, por si fuera poco, los antitanques, los morteros y las ametralladoras de carrito, escupen furiosas bocanadas de balas y metralla sobre las removidas posiciones de los defensores, precediendo a los asaltos en masa de la infanterí­a roja.

-¡Cuidado!…

Luis Conde los vio surgir de la espesura. Apretó el gatillo y los vio caer en la nieve. A su lado disparaban sus camaradas de la 1ª Compañí­a, la unidad a la que acababa de ser agregado. Luis Conde no era ya enlace de la Plana Mayor. ¿No estaban todos cercados? Pues entonces sobraban los enlaces. El único que aún disfrutaba del enchufe era Pardo, que ahora compartí­a el búnker del Comandante. A Lui­s Conde Salazar le ordenaron presentarse al Capitán Ángel Muñoz y éste, a su vez le ordenó que se metiera en aquella condenada carretera batida por los rusos. Delante habí­a un claro, y más allá empezaba el bosque, desde donde abrí­an fuego los antitanques para proteger los avances soviéticos.

-¡Cuidado!…- Los vió caer en la nieve. También los vió Eugenio Arizcun. Eugenio asomaba la cabeza por encima del ribazo sin fortificar.

-¡Agachate, Eugenio! ¡Que te escabechan!

Pero tardó unos instantes en agacharse. Cuando se hubo agachado anunció:

– Son más de veinte los fiambres.

Así­ de simple era la cosa, unos morí­an y otros intentaban que no los matasen, matando al mismo tiempo. -¡Cosas de la Guerra!- decí­a Eugenio.

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Dibujo de José Ferrer Clauzel.

A los sufrimientos de aquel infierno se sumaba ahora el del hambre y la sed. Los camiones de suministros de ví­veres enviados desde Schevlevo llegaban con irregularidad a Ottenskij, y, desde esta posición hasta la de Possad, apenas lograban deslizarse algunos trineos al amparo de las sombras de la noche, sorteando a los rusos que mantení­an cerrada la carretera con intermitentes penetraciones.

Hambre y sed. Los caballos heri­dos son descuartizados a golpe de hacha y tarjazos de bayoneta. Los defensores devoran su carne, puesta a hervir, sin sal, en cualquier improvisado recipiente. Alguien ha descubierto en los sótanos de algunas isbas una abundante provisión de patatas enterradas por sus antiguos moradores.

Ese alguien es Eugenio Arizcun Garcí­a, y la noticia vuela de trinchera en trinchera, salta de parapeto en parapeto, penetra en los búnkers y los soldados reptan velozmente por las zanjas en busca del oculto tesoro.

-Tráeme un puñado de patatas, Eugenio

Lui­s Conde Salazar no puede abandonar su puesto. El otro se aleja y regresa al cabo de un rato con los bolsillos llenos del deseado tubérculo.

-Están crudas, Luí­s.

-No importa, dámelas.

No se molesta en mondarlas, porque el hambre le corroe el vientre, le atenaza el entendimiento, le urge desembarazarse de la delirante obsesión.

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Dibujo de José Ferrer Clauzel.

Aquí­ y allá, en esta zanja y en aquella otra, en aquel cráter, detrás de aquellos rollizos (troncos redondeados utilizados como parapetos), entre las ruinas y los cadáveres, los divisionarios trituran patatas crudas con avidez. Son descubiertos también varios barriles de pepinillos, y, al arrancarles las tablas a viva fuerza, aparecen los contornos del tonel fundidos en un bloque de vinagre congelado. Se rompen los bloques a culatazos y se extraen los pepinillos apresados dentro. Pero el hambre continúa martirizando a los soldados, que no tienen ya nada que llevarse a la boca, porque el “rancho de hierro” fue consumido en las primeras horas del asedio y no queda de él ni una mí­sera galleta ni una minúscula tajada de carne de cerdo. En el depósito de víveres de Possad sólo quedan unas raciones de pan y unas latas de margarina.

Eugenio Arizcun piensa que, si no muere de un balazo o de una esquirla de metralla, morirá de hambre y de sed.

Es cierto que hay dos pozos de agua en Possad, pero todos conocen el riesgo que entraña aproximarse a ellos. Los llaman “los pozos de la muerte” porque están enfilados dí­a y noche por los naranjeros (subfusiles) soviéticos. De ahí­ que los soldados se sorteen el servicio de aguada, que es como sortearse el derecho a una muerte casi­ segura. Y, al que le toque le corresponde en desgracia ir por ellas, ha de arrastrarse como una culebra en las sombras, ascendiendo centí­metro a centí­metro por el terraplén de hielo formado por el agua vertida en torno a los brocales; ha de introducir el cubo con sigilo, tirar de la cuerda suavemente, conteniendo la respiración y manteniendo la cabeza pegada al suelo. Y si para entonces una ráfaga no le ha perforado el pellejo, y si aún tiene la fortuna de que la explosión de un obús o la luz de una bengala no le hayan descubierto, el soldado ha de retroceder centímetro a centí­metro, metro a metro, hasta los búnkers donde aguardan sus camaradas para repartir el preciado lí­quido.

Para entonces es casi seguro que al aguador se le ha apagado la sed del susto.

Escasean las armas y las municiones.

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Enmudecen, una tras otra, las sei­s piezas de morteros del 80 por falta de proyectiles. No hay peines (cargadores) bastantes para los fusiles individuales. No hay suficientes bombas de mano, y las cintas de las ametralladoras se enroscan vacias en la nieve. Además, la mayorí­a de las máquinas han sido hechas trizas por las explosiones, y en muchos pozos de tirador yacen los cadáveres de sus servidores sepultados bajo los rollizos y los sacos de aspillera de tierra apisonada.

Los ruskis en cambio, generosamente pertrechados, siguen aporreando con sus piezas artilleras del 70 y 120 la tierra triturada de Possad.

Y siguen atacando en furiosas y rugientes oleadas de siberianos -¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra! ¡Spantsi kaput!- desde los bordes del bosque, y disparando copiosamente desde las ventanas y las cercas de las isbas y los huertos ocupados por sus secciones de asalto.

Pero el enemigo no logra progresar en su penetración. Los divisionarios -¡Arriba España! ¡Arriba España!- se baten como demonios y los rechazan a bombazos, a bayonetazos y a patadas.

Los rechazan hasta hacerlos recular en el huracán de balas y metralla, entre llamaradas de incendios y surtidores de nieve y escombros. Los atacantes dejan innumerables cuerpos tendidos en la tierra. Pero vuelven a insistir en el avance. Vuelven siempre. Vuelven. Disparan a bocajarro sobre los hoyos y los parapetos, surgiendo del lindero del bosque, cruzando la carretera y amenazando a los españoles apostados en el ribazo. En ese ribazo están ahora, batiéndose codo a codo, Luis Conde Salazar y Eugenio Arizcun Garcí­a. Las siluetas de los rusos galopan haci­a ellos. Rebasan el ribazo en vertiginosa carrera saltando por encima de ellos. Se revuelven en el fondo de la cuneta, asoman las armas por el borde y aprietan el gatillo con rabiosa urgencia. Varias siluetas ruedan en la nieve.
Pero…

La División Azul, por Augusto Ferrer Dalmau.
La División Azul, por Augusto Ferrer Dalmau.

-¡Eugenio!

Luis Conde Salazar ha visto un movimiento extraño en su camarada. Le ha visto soltar el fusil y bracear angustiosamente en el aire.

-¡Eugenio!

Ahora le ve inclinarse haci­a adelante con una macabra reverencia y caer, doblado en dos, sobre el parapeto de la cuneta.

-¡Camillero!

Al poco rato se llevan el cuerpo inanimado de Eugenio Arizcun, arrastrándolo por el ribazo en dirección al hospitalillo. Va con un rafagazo de naranjero en la espalda. El cuerpo se contrae súbitamente y queda inmóvil.

Ha muerto.

“…Cerca suena una descarga, va por tí­ o va por mí­. A mis pies cayó herido el amigo más querido, y en su faz la muerte ví­. Él me quiso dar la mano, yo le quise dar la mí­a, mientras él me repetí­a …Por España moriré…por España moriré…”

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