Hace años que tengo olvidado este cuaderno de recuerdos, pero como sé que algunos lo echan de menos -pocos- y como mi amigo Rafa me ha animado a continuar, quiero hacerlo precisamente con un excelente artículo que él ha escrito para esta humilde bitácora. Os dejo con él y espero que lo disfrutéis tanto como yo lo he hecho al leerlo.
Los hunos y los otros.
El mito de que no hubo -entonces- pilaristas rojos.
Unamuno convirtió en amarga expresión de la división española aquello de «los hunos y los hotros». No pretendía adjudicar con esas palabras etiquetas políticas precisas, sino describir el drama de una España partida en dos y devorada por sus enfrentamientos. Aquí tomaremos prestado el juego de palabras, pero reservaremos el término «los otros» para los pilaristas que se alinearon con el bando nacional.
En el Colegio del Pilar de después de la guerra, los marianistas tenían muy a gala que no hubiese habido «rojos» entre sus antiguos alumnos. Mostraban la Escalera de Honor, la vidriera y la relación de los «Caídos por Dios y por España» y sentenciaban orgullosamente: «¡Ni uno!».

Aquella afirmación expresaba una memoria sincera y orgullosa, pero no era históricamente exacta. Resultaba evidente que entre los caídos reconocidos por el Colegio y, con mayor razón, entre los considerados mártires, no figuraría ningún republicano. La Escalera de Honor había sido concebida para recordar a quienes murieron por Dios y por España en el campo nacional. Era un monumento de gratitud, no un censo político de todos los antiguos alumnos.
Fuera de aquella relación hubo pilaristas comprometidos con la República, el socialismo o el comunismo. No fueron muchos, ciertamente, pero algunos desempeñaron papeles suficientemente importantes como para desmontar el mito del «¡ni uno!».
Los «hunos»
El caso más conocido es el de José Herrera “Petere”, pilarista, escritor, poeta y militante comunista. Durante la guerra puso su literatura al servicio de la República y del Quinto Regimiento. Sus romances, poemas y canciones circularon por los frentes y lo convirtieron en una de las voces literarias más populares del Ejército republicano. En 1938 recibió el Premio Nacional de Literatura por Acero de Madrid.

Su republicanismo no fue una excentricidad aislada dentro de su familia. Su padre, el general e ingeniero aeronáutico Emilio Herrera Linares, permaneció fiel a la República, marchó al exilio y llegó a presidir el Gobierno de la República española en el exilio entre 1960 y 1962. No fue presidente de la República en cuanto jefatura del Estado, pero sí presidente de su Gobierno, que es la precisión histórica necesaria.
Petere tuvo un hermano, Emilio Pelayo Herrera Aguilera, conocido familiarmente como «Pikiki». Fue piloto de la aviación republicana y murió en acción de guerra en 1937, con apenas veinte años. No he podido confirmar documentalmente que también estudiara en el Pilar, por lo que no debemos incorporarlo a la lista de pilaristas sin hacer esta reserva.

Otro republicano de primera fila fue Rafael Sánchez-Guerra Sainz, antiguo alumno del Pilar, periodista y político, e hijo de José Sánchez-Guerra, que había presidido el Consejo de Ministros durante el reinado de Alfonso XIII. Elegido concejal de Madrid en 1931 por la Conjunción Republicano-Socialista, fue subsecretario de la Presidencia del Gobierno provisional y después secretario de la Presidencia de la República con Niceto Alcalá-Zamora. Presidió además el Madrid Fútbol Club entre 1935 y 1936.

Durante la guerra continuó como concejal y en 1938 se incorporó al Ejército del Centro como oficial de Estado Mayor. En los últimos días de la contienda actuó junto al coronel Segismundo Casado y se negó a abandonar Madrid. Fue detenido con Julián Besteiro, condenado a reclusión perpetua y encarcelado. Logró exiliarse en Francia en 1946 y fue nombrado ministro sin cartera del Gobierno de la República en el exilio. Años después regresó a España y terminó su vida como hermano cooperador dominico en Villava. Su trayectoria, que va de la política republicana a la prisión, el exilio y el convento, es una de las más singulares de toda esta historia.
Otro caso indiscutible es el de Jesús Prados Arrarte, economista y jurista formado en el Colegio del Pilar. Había dirigido la Federación Universitaria Escolar y participado en el movimiento republicano de Jaca, por lo que fue encarcelado antes de la proclamación de la República. Durante la guerra se presentó voluntario en el Ejército republicano, llegó a ser jefe de Estado Mayor de la 45.ª División, relacionada con las Brigadas Internacionales, y posteriormente trabajó en el Estado Mayor Central a las órdenes del general Vicente Rojo.

Tras la derrota se exilió, regresó a España y continuó oponiéndose al franquismo hasta participar en 1962 en el llamado «Contubernio de Múnich». No fue un republicano accidental, sino un hombre con un compromiso político prolongado.
También fue pilarista Federico Molero Giménez, ingeniero, físico, inventor y militante del Partido Comunista, por el que llegó a presentarse a las elecciones de 1933. Durante la guerra ejerció como jefe de Fortificaciones de la Defensa de Madrid. Dirigió la construcción de defensas, túneles y posiciones, protegió los embalses y contribuyó a asegurar y ampliar el abastecimiento de agua de la capital. Terminada la contienda se exilió en la Unión Soviética, donde se convirtió en uno de los pioneros de la utilización industrial de la energía solar.

A ellos hay que añadir a Faustino Cordón Bonet, que realizó sus primeros estudios en el Pilar y acabaría siendo un importante biólogo. Militante comunista, se incorporó en julio de 1936 al Quinto Regimiento. Sus conocimientos de farmacia y química hicieron que fuera nombrado jefe de Armamento, ocupándose de la organización de parte de la industria de guerra republicana. Detenido al finalizar la contienda, pasó por campos de concentración y cárceles antes de desarrollar, dentro de España, una notable carrera científica.

Otro nombre significativo es Juan Vernacci Casariego, promoción de 1918. Pertenecía al Cuerpo Jurídico Militar y durante la guerra permaneció al servicio de la República. En 1937 aparece como mayor jurídico destinado en la Auditoría del Ejército de Operaciones del Centro y en agosto de 1938 fue ascendido a teniente coronel por su fidelidad y los servicios prestados al régimen republicano. Su caso es especialmente significativo porque no fue un intelectual simpatizante ni un movilizado ocasional, sino un oficial que ejerció responsabilidades en la administración de la justicia militar republicana.

El apellido Vernacci abre una curiosa pista familiar que, por ahora, no puede cerrarse. Una reseña social publicada en 1925 anunciaba el matrimonio de María Luisa Vernacci Casariego, hermana del auditor, con el abogado José Antonio Canals, hijo del antiguo subsecretario de la Presidencia Salvador Canals. La noticia confirma el entorno familiar y social de los Vernacci Casariego, pero no proporciona una genealogía que permita establecer su relación exacta con los hermanos Ruiz-Vernacci.
La coincidencia de un apellido tan poco frecuente hace muy posible alguna relación, pero no podemos asegurarla. Los hermanos Luis, Joaquín, conocido como «Chipi», y Enrique, conocido como «Quique», Ruiz-Vernacci Pérez-Bueno, también pilaristas, fueron combatientes de la División Azul. Joaquín y Enrique murieron en Rusia en 1941; Luis sobrevivió y regresó a España. Eran, además, primos segundos de otro pilarista, el escritor Fernando Sánchez Dragó, promoción de 1953, pues Elena Dragó Carratalá, madre de este, y Luisa Pérez-Bueno Carratalá, madre de los Ruiz-Vernacci, eran primas hermanas. Todo ello demuestra la proximidad entre ambas ramas sociales y familiares, pero no basta para convertir al auditor republicano Juan Vernacci en pariente probado de los Ruiz-Vernacci.
También debe figurar Ignacio de Cárdenas Pastor, arquitecto del edificio de la Telefónica en la Gran Vía y antiguo alumno estrechamente ligado al Colegio, hasta el punto de formar parte como vocal de la primera junta directiva de su Asociación de Antiguos Alumnos. Sus simpatías republicanas y la guerra interrumpieron una carrera ya brillante. En 1938 marchó a Francia y, terminada la contienda, fue depurado profesionalmente. Regresó después a España y pudo reanudar parcialmente su actividad. No desempeñó una responsabilidad política o militar comparable a la de los nombres anteriores, pero su exilio y su depuración lo sitúan inequívocamente dentro de la historia de los pilaristas vinculados a la República.

El octavo nombre es Ángel Garma Zubizarreta, de la promoción de 1920, médico, psiquiatra y uno de los introductores del psicoanálisis en el mundo hispánico. Republicano y antifascista, figuró entre los firmantes del manifiesto fundacional de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética en 1933. Al comenzar la guerra salió hacia Francia y en 1938 se instaló en la Argentina, donde fue fundador y primer presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Tampoco fue un combatiente ni un dirigente político durante la contienda, pero su compromiso ideológico y su exilio permiten incorporarlo, con esa necesaria precisión, a la nómina de los pilaristas republicanos.

Petere, Sánchez-Guerra, Prados Arrarte, Molero, Cordón, Vernacci, Cárdenas y Garma no forman una multitud, pero tampoco constituyen una anécdota insignificante. Entre ellos encontramos a un poeta comunista del Quinto Regimiento, un político y oficial republicano, un jefe de Estado Mayor, el responsable de las fortificaciones de Madrid, un jefe de Armamento, un teniente coronel del Cuerpo Jurídico Militar y dos intelectuales republicanos empujados al exilio. El «ni uno», por tanto, no se sostiene.
Los «otros»
Y llegamos a «los otros». Aquí la nómina no solamente es mucho más numerosa: es también más profunda, más visible y más representativa de la educación recibida en el Colegio. Fueron pilaristas que prepararon el Alzamiento, combatieron en los frentes, murieron en las cárceles y en las trincheras, Por Dios y por España, y, despues, ejercieron responsabilidades políticas, escribieron, gobernaron y contribuyeron después a levantar y engrandecer a España.
Entre ellos hubo monárquicos, falangistas, tradicionalistas y cedistas; también hombres que no pertenecían a ninguna organización política y que se consideraban, solamente, católicos y españoles. No todos llevaban una camisa, una boina o un carnet. A muchos les bastaron sus convicciones religiosas y patrióticas para comprender dónde estaba su deber cuando llegó la hora decisiva.
Un pilarista fundamental, que no puede faltar, es Juan de la Cierva y Codorníu, el inventor del autogiro. Comenzó el bachillerato en el Pilar en 1908, aunque abandonó después el Colegio para preparar su ingreso en la Escuela de Caminos.

Juan de la Cierva participó en la preparación del Alzamiento y, junto con Juan Ignacio Luca de Tena, desempeñó un papel importante en el flete del Dragon Rapide, el avión que trasladó a Franco desde Canarias a Marruecos. Luca de Tena encargó la operación a su corresponsal en Londres, Luis Bolín, mientras que De la Cierva aportó sus conocimientos técnicos, su prestigio internacional y sus contactos aeronáuticos. Durante los primeros meses de la guerra realizó además gestiones en el extranjero en favor del bando nacional. Murió en diciembre de 1936 en un accidente de aviación en Croydon.
Su hermano Ricardo de la Cierva y Codorníu, promoción de 1913, fue uno de los primeros grandes pilaristas. Presidió la Congregación del Colegio, fue abogado y político monárquico y militó en Renovación Española y en el Bloque Nacional. Detenido cuando intentaba salir de Madrid para reunirse con su mujer y sus seis hijos, fue encarcelado en la Modelo y asesinado en Paracuellos el 7 de noviembre de 1936.

Ricardo fue padre de otros dos pilaristas: el ingeniero e inventor Juan José de la Cierva y Hoces, promoción de 1943, y el historiador Ricardo de la Cierva y Hoces, promoción de 1945. Este último desarrolló buena parte de su carrera administrativa e historiográfica durante el régimen y mantuvo un claro compromiso político con el franquismo.
Otro personaje capital fue Juan Ignacio Luca de Tena, promoción de 1914, director de ABC y primer presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos del Pilar. Durante la República ejerció una intensa actividad monárquica, intervino en la creación del Círculo Monárquico Independiente y convirtió su periódico en uno de los principales instrumentos de oposición al régimen republicano.

Luca de Tena participó en la preparación del Alzamiento y, junto con Juan de la Cierva, en el flete del Dragon Rapide, cuya contratación material en Londres encomendó a Luis Bolín. Su intervención fue anterior y esencial al comienzo mismo de la guerra. No empuñó un fusil en una trinchera, pero puso su periódico, sus relaciones, su dinero y su capacidad de organización al servicio de la España nacional.
Y está, naturalmente, Agustín de Foxá, quizá el pilarista «ejerciente» por excelencia. No se limitó a haber estudiado en el Colegio: escribió repetidamente sobre él, regresó a sus actos y conservó durante toda su vida una orgullosa identidad pilarista.

Diplomático, escritor, poeta, monárquico incorporado a Falange y colaborador en la letra del Cara al sol, Foxá fue autor de Madrid, de Corte a checa, una de las grandes novelas testimoniales del campo nacional. Durante la guerra y el primer franquismo puso su talento literario y diplomático al servicio de España. Su ingenio, su ironía y su independencia de carácter impidieron que fuera un propagandista vulgar. Foxá fue falangista a su manera, pero pilarista en ejercicio permanente.
Otro nombre imprescindible es Edgar Neville Romrée, conde de Berlanga de Duero. Ingresó en el Pilar a los nueve años y allí hizo algunas de sus primeras amistades intelectuales. Diplomático, escritor, dramaturgo y cineasta, había militado en Izquierda Republicana y frecuentado círculos próximos a Manuel Azaña. Al comenzar la guerra fue destinado a la Embajada de España en Londres, pero después abandonó aquel puesto, pasó a la España nacional y puso su experiencia al servicio de la causa nacional.

En 1938 trabajó para el Departamento Nacional de Cinematografía y dirigió La Ciudad Universitaria y Juventudes de España. En 1939 filmó ¡Vivan los hombres libres! y realizó Frente de Madrid, obra nacida de la causa nacional, aunque atravesada por una mirada humana sobre el drama de la guerra entre españoles. Durante el primer franquismo se convirtió en uno de los creadores más originales del cine, el teatro y el humor españoles. Su independencia, como la de Foxá, hace aún más interesante su significación entre «los otros».
También fue falangista destacado Agustín Aznar Gerner, promoción de 1928, médico, miembro de la Primera Línea y responsable de las milicias falangistas. Participó activamente en la guerra y posteriormente volvió a ofrecerse como voluntario para combatir en la División Azul. Su trayectoria representa a una generación de jóvenes pilaristas para quienes la militancia política no fue una tertulia ni una pose, sino una disposición real al sacrificio.

No podemos olvidar a Vicente Gaceo del Pino, promoción de 1931, que también merece mención. Estudiante de Periodismo, fue falangista de primera hora y auténtico camisa vieja. Asistió al acto fundacional de Falange Española en el Teatro de la Comedia y se convirtió en uno de los colaboradores más próximos de José Antonio, quien lo llamaba «el pequeño y valeroso Gaceo». Trabajó en la prensa falangista, concretamente en F.E., Arriba, Haz y el clandestino No Importa, y llegó a ser secretario del Servicio Nacional de Prensa y Propaganda. En 1934 José Antonio se encargó personalmente de su defensa ante los tribunales y consiguió su absolución. Posteriormente se ofreció voluntario para combatir en la División Azul, donde murió en diciembre de 1941.

Entre los monárquicos sobresalen los hermanos Carlos, Luis y Manuel Miralles Álvarez, activistas de la Juventud Monárquica y después de Renovación Española. Habían adquirido notoriedad política desde los primeros días de la República y pasaron un largo periodo encarcelados después de los sucesos del Círculo Monárquico de mayo de 1931.

Los tres combatieron en el bando nacional y los tres murieron durante la guerra: Carlos en Somosierra, Luis en el frente de Buitrago y Manuel en la ofensiva de Levante. Su historia no necesita adornos. Los tres pudieron apartarse, esconderse o marcharse al extranjero, pero eligieron combatir por sus convicciones. Por eso se convirtieron justamente en uno de los grandes relatos de entrega del pilarismo de posguerra.
La rama tradicionalista está representada con especial claridad por Rafael Gambra Ciudad, antiguo alumno del Pilar que, con apenas dieciséis años, se incorporó a los tercios navarros del Requeté. Combatió durante la guerra, fue condecorado y posteriormente se convirtió en uno de los principales pensadores del tradicionalismo español.

Su carlismo no debe confundirse con una adhesión acomodaticia al poder. Gambra mantuvo sus propias convicciones, incluso cuando estas lo llevaron a criticar algunos aspectos del régimen. Fue tradicionalista antes, durante y después de la guerra, sin adaptar sus ideas a la conveniencia de cada momento.
En el ámbito del primer franquismo destaca Alberto Ullastres Calvo, promoción de 1929. Durante la guerra fue alférez provisional de Ingenieros en el bando nacional y combatió en los frentes de Asturias, Aragón y Levante. Después se convirtió en catedrático y ministro de Comercio entre 1957 y 1965, participando de manera decisiva en la estabilización y apertura económica de España.

Ullastres representa una modalidad distinta de «los otros»: la del soldado que, terminada la guerra, cambió las armas por los libros, la cátedra y el servicio público. Su tarea contribuyó a transformar una economía exhausta por la contienda en la España que empezaba a desarrollarse y modernizarse.
Su compañero generacional Jaime de Foxá, hermano de Agustín y promoción de 1929, desarrolló también una carrera significativa como ingeniero de Montes, teniente de alcalde de Madrid y gobernador civil de Toledo. Fue otro ejemplo de pilarista que trasladó al servicio público de la posguerra la formación, las amistades y el sentido del deber recibidos en el Colegio.

La derecha católica vinculada a Acción Popular y a la CEDA tuvo asimismo una presencia real entre los antiguos alumnos. Después de la guerra, la desaparición de los antiguos partidos y su integración en las nuevas estructuras políticas difuminó muchas de esas trayectorias. Pero el mundo cedista, como el monárquico, el falangista y el tradicionalista, formó parte del paisaje político pilarista de los años republicanos.
Junto a los militantes estaban quienes no podían ser definidos por ninguna sigla. Eran abogados, médicos, ingenieros, estudiantes, militares o simples padres de familia que se consideraban católicos y españoles. Algunos murieron por su fe; otros por ayudar a un sacerdote, ocultar a un perseguido, pertenecer a una asociación religiosa o ser identificados con la derecha. Su ausencia de militancia no disminuye su significación. También ellos fueron «los otros».
Alrededor de los nombres principales aparece una verdadera constelación de pilaristas políticamente activos: Manuel Pombo Angulo, que intervino desde muy joven en actos tradicionalistas y desarrolló después una carrera como escritor, periodista y diplomático; los García-Noblejas, destacados falangistas; y los ya citados hermanos Ruiz-Vernacci, falangistas y combatientes en Rusia.

Los Ruiz-Vernacci compartieron filas en la División Azul con otros pilaristas como Agustín Aznar, Javier García-Noblejas, Alfredo Jiménez-Millas y Vicente Gaceo. Joaquín y Enrique murieron en las estepas rusas; Luis se resistía a regresar a España dejando allí a sus dos hermanos. Aquella historia familiar quedó durante años incorporada a la memoria del Colegio y ayuda a entender lo que significaba entonces la palabra camaradería.

No todos estos hombres tuvieron la misma importancia política o intelectual. Algunos fueron dirigentes; otros, escritores, diplomáticos o ministros; muchos fueron simplemente combatientes. Pero juntos muestran la fuerza de las relaciones forjadas en las aulas del Pilar y la presencia de sus antiguos alumnos en la defensa de la España nacional.
Un mito comprensible, pero un mito
La desproporción entre ambos grupos es evidente. Hubo muchos más pilaristas monárquicos, falangistas, tradicionalistas, cedistas, y, simplemente, católicos y españoles, del campo nacional que comunistas , socialistas o republicanos. La composición social del alumnado, la formación cristiana del Colegio y el ambiente de las familias de las que procedían explican en buena medida esa diferencia.
La memoria de la posguerra hizo el resto. «Los otros» fueron recordados en las ceremonias, en las publicaciones, en las fotografías, en la Escalera de Honor y en la relación de los caídos. Era justo recordar su sacrificio. Muchos habían muerto en las cárceles, en las tapias de los cementerios, en Paracuellos o combatiendo en los frentes. Otros sobrevivieron y consagraron sus esfuerzos a la reconstrucción de una España devastada.

Los derrotados quedaron fuera del relato colegial. No siempre porque se ignorase su existencia, sino porque resultaban incompatibles con la memoria que se quería transmitir. Con el paso del tiempo, aquella ausencia terminó convirtiéndose en el mito del «ni uno».
Reconocer la existencia de pilaristas republicanos y comunistas no obliga a disminuir el homenaje debido a «los otros», ni a borrar sus nombres, ni a rebajar su sacrificio. Al contrario: una memoria segura de sí misma no necesita ocultar las excepciones. La Escalera de Honor conserva su significado aunque admitamos que no contenía la historia política completa del Colegio.
Petere, Rafael Sánchez-Guerra, Prados Arrarte, Federico Molero, Faustino Cordón, Juan Vernacci, Ignacio de Cárdenas y Ángel Garma existieron, estudiaron en el Pilar y mantuvieron, con grados y formas diferentes, un compromiso reconocible con la República, el comunismo o el antifascismo. Seis tuvieron una participación política, administrativa o militar especialmente directa; Cárdenas y Garma representan el exilio intelectual republicano. Los ocho bastan para demostrar que el «ni uno» no era literalmente cierto.
Pero también debe conservarse la proporción. Frente a aquellos ocho nombres se levanta una nómina mucho más extensa de pilaristas que prepararon el Alzamiento, combatieron, murieron, escribieron, gobernaron y sirvieron a España desde el campo nacional.
Por tanto, el mito de que no hubo pilaristas rojos es eso: un mito. ¿Los «hunos»? Haberlos, haylos, como dicen los gallegos. Sí, pero «pocos».
Rafael Botella García-Lastra, (promoción de 1979)
septiembre 5, 2026 at 09:46
Por fin lo retomas
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