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Pese al heroísmo de la historia de Manuel y José Luis Cervera, es la peripecia de Rafael la que más me impresionó cuando la conocí. Es este uno de esos episodios que se contaban en la intimidad de las familias, que se transmitían de abuelas a nietos y que hablaban de los que ya hace tanto tiempo que no están. Tanto tiempo que su memoria casi se ha borrado por completo. Esta historia ya no aparece en los libros, y no la veréis narrada en televisión. Sin embargo, sucedió tal y como os la voy a contar.

Rafael Cervera Cabello


Rafael Cervera Cabello. Fotografía cortesía de su sobrino Ángel Luis Cervera Fantoni.
Rafael Cervera Cabello. Fotografía cortesía de su sobrino Ángel Luis Cervera Fantoni.

Rafael Cervera Cabello nació el 27 de Octubre de 1900 y sabemos que como sus hermanos, estudió en el colegio del Pilar perteneciendo a la promoción de 1915. Contaba aún 15 años cuando el 10 de Enero de 1916 ingresó en el servicio de la Armada. Fue ascendido a teniente de navío en 1930 y a capitán de corbeta en 1933. Había servido varios años en los submarinos B-4 y C-1 Isaac Peral, y durante la Guerra de África se había destacado en varias acciones que le habían hecho merecedor de diversas condecoraciones como la Medalla Militar de Marruecos, la Cruz de 1ª clase del Mérito Naval, la Cruz de 1ª Clase del Mérito Militar, la Cruz de Guerra francesa o la Medalla de las Campañas. En Julio de 1936 tanto Cervera como el teniente de navío Soler-Espiauba hacía poco tiempo que habían sido trasladados desde el crucero Méndez Núñez a su nuevo destino en el Sánchez Barcáiztegui.

Destructor Sánchez-Barcáiztegui.
Destructor Sánchez-Barcáiztegui.

El destructor Sánchez Barcáiztegui era la unidad más antigua de la serie Churruca, uno de los modernos buques de la Marina de Guerra Española, encargados en julio de 1922 durante el gobierno de Miguel Primo de Rivera y construidos por la Sociedad Española de Construcción Naval en Cartagena. Su oficialidad en el momento del alzamiento  estaba compuesta por el comandante del buque, D. Fernando Bastarreche, capitán de fragata; D. Rafael Cervera, capitán de corbeta; D. Carlos Fullea y D. Juan Soler-Espiauba, tenientes de navío; y D. Manuel Sainz Chan, alférez de navío.

El 17 de Julio de 1936, , el comandante del destructor, que estaba junto con el resto de la flota en Cartagena, es convocado por el nuevo Jefe de la Base Naval a una reunión urgente en la Capitanía General para recibir órdenes nuevas con respecto al servicio. El Ministro de la Marina ha dispuesto que toda la flota, incluido el grupo de submarinos, esté preparada para salir de Cartagena de manera inmediata. El destino se indicará al capitán de cada buque mediante radio cifrado directamente desde Madrid. De regreso al barco, los oficiales se reúnen; saben que el alzamiento está en marcha. La gravedad de las órdenes así lo indica. En la cámara del comandante, los oficiales recuerdan el discurso que el propio general Franco les dirigió el pasado mes de Mayo al terminar las maniobras en Tenerife: «La patria está en peligro y, cuando esto sucede, el brazo armado de la Patria, el Ejército y la Armada, quedan obligados a salvarla tanto de los enemigos exteriores como interiores,…».

El destructor Sánchez-Barcáiztegui saliendo de Cartagena.
El destructor Sánchez-Barcáiztegui saliendo de Cartagena.

A bordo del buque reciben órdenes en clave del Ministerio de la Marina de dirigirse a la zona del Estrecho y echar a pique, sin previo aviso, todos los transportes de tropas desde África hasta la península. Durante la travesía, a la altura del Cabo de Palos, reciben un cablegrama del ministerio que decía: «Bombardeen Melilla hasta agotar municiones. Acuse recibo y comunique resultado.»

En la madrugada del día 18, la flotilla que navega bajo las órdenes del comandante del Sánchez Barcáiztegui está frente a Melilla. La tripulación de los barcos parece que no sabe nada. Sin embargo, desde la estación de Radio de Ciudad Lineal se había alertado a los representantes de las tripulaciones afiliados a la UMRA (Unión Militar Republicana Antifascista) de los sucesos en las plazas del norte de África y, en especial, de los ocurridos en Melilla, donde ha prendido la primera llama del Alzamiento Nacional.

En pleno día 18, Rafael Cervera, desembarcó solo en un bote a tierra, regresando a bordo una hora después; Cervera ordena que se siga navegando.

Destructor Sánchez Barcáiztegui.
Destructor Sánchez Barcáiztegui.

Desde el Lepanto se requieren noticias por radio al Sánchez Barcáiztegui, que no se dan para que la tripulación no se entere. Sin embargo, a estas alturas ya sospechan la maniobra y están sobre aviso desde Madrid. El segundo vuelve a abandonar el buque para parlamentar con el comandante del Lepanto. La intranquilidad de las clases de marinería va en aumento. Sobre todo cuando observan a un hidroavión bombardear Melilla señalando al mando y a la oficialidad del destructor los objetivos sin que hagan caso alguno.

En la tarde del 18, el comandante ordena que el buque entre en el puerto de Melilla, amarrándose en el dique junto al Almirante Valdés; tras la maniobra de atraque, el capitán de fragata convoca a los subalternos y auxiliares a una reunión en la cámara de oficiales. El comandante lee una alocución de Franco en el que se anunciaba el alzamiento militar y, en consecuencia, pide a los auxiliares que presten su apoyo al movimiento, llamamiento que escuchan con la mayor frialdad. Se viven escenas de tensión entre el comandante y los auxiliares, que no están dispuestos a secundar a los oficiales.

El comandante está defraudado. Esperaba el apoyo de los subalternos. Hace lo mismo con la marinería. Todo el personal del barco se reúne en el sollado ante la llamada a formar; allí el comandante lee la proclama de Franco y les arenga por cuenta propia, resaltando los peligros en los que se encuentra la Patria. Terminó su alegato dando tres vivas a España, vivas a las que sólo respondieron los oficiales. La dotación recibió el discurso con una frialdad fatal que congelaba el ambiente. A la vista de la actitud de la marinería, el comandante se retira a su camarote.

La línea que separaba a los mandos y oficiales de las clases subalternas en la Armada se debía, fundamentalmente, a que estos últimos no podían ascender a oficiales como pasaba en los otros cuerpos del ejército. Los barcos se habían convertido en fábricas mecanizadas; sus dotaciones estaban compuestas de especialistas con una fuerte conciencia de clase. Tras la proclamación de la república y el triunfo del Frente Popular se procedió a indultar a muchos marineros expulsados del servicio en su día por actividades políticas y sindicales; de nuevo se concentraba en los buques de la Armada un gran porcentaje de clases subalternas simpatizantes de la UMRA.

Tripulación del Sánchez-Barcáiztegui después de haberse amotinado.
Tripulación del Sánchez-Barcáiztegui después de haberse amotinado.

De repente, aparecen desfilando por el muelle tropas de la Legión y de los Regulares, y la tripulación entra en pánico. Los marineros sueltan amarras y zarpan del puerto de Melilla. Mientras, representantes de los comités afiliados a la UMRA se dirigen a los oficiales para que no se interpongan. El único oficial que no está implicado en el complot, el alférez de navío Álvaro Calderón Martínez, toma el mando del buque. Al fin salen del puerto de Melilla y dirigen la proa hacia mar abierto.

El motín es ya una realidad. Por la tarde se desarma a los oficiales, que son encerrados en la sentina del barco. En la madrugada del día 19 el barco fondea en Málaga y los prisioneros son trasladados hasta la prisión provincial. Málaga está en poder de las hordas comunistas que incendian y saquean todo a su paso. Los cinco marinos son encerrados en celdas incomunicadas rodeados de otros presos políticos. Los presos comunes han sido todos puestos en libertad.

Durante su cautiverio los marinos confiesan casi a diario con el jesuita Francisco García Alonso que es encarcelado el día 22 de Julio. El sacerdote les acompañará hasta su muerte y después de su milagrosa huida será su biógrafo, publicando en 1939 un libro titulado «Flores de Heroísmo» en el que narra los últimos días de los marinos. Tan claro tenían los oficiales su destino que cuando jugaban a las cartas y perdían, decían con humor negro: “fulano le ha ganado tantas pesetas a mi viuda”. Ante la tragedia que sacude la Patria, sus vidas no valen gran cosa.

El día 10 de agosto, los oficiales del Sánchez Barcáiztegui son trasladados al vapor Sister junto a la oficialidad del Churruca, con los que irán a partir de ese momento unidos hasta la muerte. Son encerrados durante una semana en la bodega de proa, sufriendo este cautiverio más que el de la prisión ya que estaban obligados a limpiar retretes, a carbonear y al baldear la cubierta del barco. Durante su encierro en el Sister, además de las labores más ingratas de un buque, están sometidos a todo tipo de agravios y humillaciones; un día, el jefe de la guarnición que les vigilaba, Manuel Gallardo Moreno, los hizo formar y tras insultarles, de manera soez, disparó su pistola contra ellos rozando la bala el brazo de uno de los oficiales del Churruca.

El 17 de agosto la oficialidad de los buques Sánchez Barcáiztegui y Churruca fueron trasladados al buque hidrográfico Toifiño. El Consejo de guerra contra los once marinos tuvo lugar en ese barco el día 20 de agosto; desde las 10 de la mañana a las cuatro de la tarde. Se quejan de las acusaciones del Fiscal. Rafael Cervera, incluso llega a lamentar su discurso: «¡Cuántos agravios y cuántos ultrajes!»

Reseña del Juicio a los oficiales del Sánchez Barcáiztegui. ABC de Sevilla del 25 de Agosto de 1936. (Fuente: Hemeroteca ABC).
Reseña del Juicio a los oficiales del Sánchez Barcáiztegui. ABC de Sevilla del 25 de Agosto de 1936. (Fuente: Hemeroteca ABC).

Hacia la medianoche del mismo día 20 regresan a la prisión los once marinos con una condena a muerte para cada uno. La sentencia se ejecutará al amanecer del día siguiente. Se les concede una noche de gracia. Ellos piden confesarse con el padre jesuita D. Francisco García Alonso, que a su vez solicita la ayuda del rector del seminario de Málaga, D. Enrique Vidaurreta.

Una vez confesados, les encierran durante toda la noche en un calabozo. El jesuita acompaña a los militares hasta la hora de la ejecución. No conoce a los condenados del Churruca, pero con los del Sánchez Barcáiztegui ya ha compartido varías semanas de cautiverio.

Tras las presentaciones les pregunta:

-¿Cuántos sois?
Once, somos once-, responden.
Bueno, entonces, aquí no hay ningún Judas-, dice el jesuita a modo de broma. Once y un sacerdote que hace de intermediario de Cristo en esa última noche. Empiezan a consolarse en comunidad, “como buenos comunistas, –piensan– no como los que quieren hacer de España una dictadura marxista, un satélite de Rusia”.

Los doce pasan la noche rezando y hablando. Los militares están preocupados, como niños sentados en semicírculo alrededor del religioso y del comandante Fernando Bastarreche. La comunión de todos provoca paz. Incluso, Juan Soler–Espiauba le pregunta al confesor:

Padre, ¿no será pecado tanta paz?
No hijo, -le responde-, la paz es tranquilidad que viene del orden y el orden coloca las cosas en su lugar. Cuando habéis cumplido con Dios y con la Patria, dándoles lo que ambos os pedían, es natural que sintáis la paz del que ha colocado las cosas en su sitio: Dios primero, Patria, después. Y todo lo demás, vida, esposa, hijos, ilusiones, carrera, subordinado y girando en torno a esos dos valores.

Calabozo en el que pasaron la noche los condenados en compañía del jesuita Francisco García Alonso. Fuente: Del libro “Flores de Heroísmo”
Calabozo en el que pasaron la noche los condenados en compañía del jesuita Francisco García Alonso. Fuente: Del libro “Flores de Heroísmo”

Los oficiales más jóvenes aprovechan para escribir los últimos mensajes a las mujeres de sus vidas, sus madres y esposas. El pater intenta consolarlos:

 -Jesús también murió condenado por jueces cobardes, insultado y traicionado; también sabe lo que es dejar una madre y morir en la flor de la vida.
Sí Padre, -le responde uno de los marinos-, nosotros morimos pero España se salva.

El sacerdote les dio varias absoluciones, una comunión espiritual y la bendición papal. Tres veces hincaron las rodillas y rezaron el Yo pecador. Luego cogían las manos del confesor y las besaban; no con un beso, con cuatro o cinco. Vuelven a rezar, incluso a reír. De esta manera, los guardias que los custodiaban tras la puerta del calabozo creen que los condenados han perdido la razón, que tenían trastornado el juicio.

Rafael Cervera saca del pantalón dos fotos. Son las imágenes de su mujer y de sus dos hijas.

-¿Las rompo? Cuando me fusilen, serán ellos los que me registren y las rompan… Yo las romperé con amor y ellos con odio y saña.

D. Francisco García le dijo que las dejara en el pantalón, quizás valgan para identificarte después, si llegan pronto las tropas nacionales. El marino las miró por penúltima vez con infinita ternura y las volvió a guardar en el bolsillo.

Ángel Cervera Jácome y Rafaela Cabello Bernabeu con sus hijos Ángel, Mercedes y Merche (Vda. de Rafael), con sus respectivas familias, en Puerto Real, en 1942.
Ángel Cervera Jácome y Rafaela Cabello Bernabeu con sus hijos Ángel, Mercedes y Merche (Vda. de Rafael), con sus respectivas familias, en Puerto Real, en 1942.

Un mes antes había escrito una carta al amor de su vida, su esposa Mercedes Zavala Achútegui:

Málaga, 21-7-1936

Merche de mi alma:

¡Ya ves en qué ha venido a parar todo esto!

Por si te llega esta carta, quiero darte un pequeño extracto de lo ocurrido para que sepas cómo he obrado; aunque sé por anticipado que por grande que sea nuestra pena aprobarás mi conducta.

Al salir de Cartagena recibimos órdenes de ir 30 nudos a Melilla y todo el camino fuimos recibiendo radios con órdenes severísimas a los barcos -echar a pique los transportes de tropas que fueran para España-. Ya comprenderás la noche que pasamos; y vimos la situación de la siguiente manera: El estado de España era tal que, levantado el Ejército, el Gobierno para reprimir el movimiento acudiría a las milicias socialistas y comunistas y, por tanto, si triunfaba se implantaría el comunismo, con la ruina de España. Había por tanto que ayudar al movimiento y, como pensábamos que no se levantaría toda España y que se necesitaba fatalmente el Ejército de África para vencer y que este Ejército no podría pasar a España si la Marina lo impedía, vinimos en consecuencia de que la salvación de España estaba en nuestras manos, en las de la Marina.

A mediodía del sábado recibimos un radio del General Franco con una alocución patriótica al Ejército y Marina y esto, unido a unos radios apremiantes del ministro para que bombardeáramos Melilla, nos hizo decidirnos a entrar allí y ponernos a las órdenes del Ejército de África.

Amarramos en Melilla y, como para esto había que contar con la tripulación, se llamó primero a los auxiliares a la Cámara y el comandante les leyó la alocución de Franco y la reforzó con otra suya. La recibieron con una frialdad fatal y entonces les habló a la marinería, que la recibió exactamente. 

Nos quedamos muy fastidiados, pero no creímos que pasaría más y, con un teniente coronel del Estado Mayor, pedimos nos mandaran a desfilar por el muelle una bandera del Tercio con música y dando vivas a España para levantar el ánimo de la gente. 

Al enterarse ellos, les entró tal terror que se amotinaron y vinieron de repente a popa a exigirnos salir, pero ya ellos habían largado las amarras y daban órdenes a la máquina con verdadero pánico. Esto fue completamente imposible de evitar. 

Me pasé la noche esperando que me matasen, pues cada vez estaban más excitados y por la mañana del domingo (19 de Julio) nos encontramos que nos habían traído a Málaga. 

Fueron unos auxiliares a ver al gobernador civil y vinieron unos guardias de asalto a buscarnos con la orden de detención. Nos trajeron al comandante, tres oficiales y a mí en una camioneta de asalto a la cárcel y no comprendo cómo no hemos muerto en el camino, pues estaba todo en poder de las turbas, ardiendo media ciudad y los guardias formando causa con ellos. Al ver que nos llevaban detenidos, se acercaban al coche con los puños en alto, diciéndoles a los guardias que nos matasen por la espalda. En fin, ¡cómo te voy a contar todo lo que en esta cárcel estamos pasando con incendios en ella, ataques de la calle y de dentro de todos los presos comunes! A nosotros nos han puesto con los de Falange.

Es tal el estado en que está esto que hasta este momento no he podido ponerte unas letras, que les voy a dar a unos amigos por si alguna vez pueden llegar a tus manos y te quiten de la terrible certidumbre sobre la suerte que haya podido correr. Desde que me vi preso en el camarote me preparé a bien morir, rezándome la recomendación del alma. Estoy en gracia de Dios, y esto, Merche de mi alma, es preciso que te entre dentro con tanta fuerza que tu resignación pueda llegar a ser una dulce resignación; pues esta seguridad que yo te doy, no hubieras podido tenerla a lo mejor, si muero tranquilamente en una cama. 

Tú eres muy buena y moriré en la confianza de que encontrarás con eso un gran consuelo, y como las niñas no se dan cuenta de nada, casi es el momento mejor para morir. 

Tengo la conciencia absolutamente tranquila, creo que he obrado bien y lealmente. 

En cuanto a ti, ¡qué te voy a decir!, tú eres una santa, y sabes que te quiero con toda mi alma, que bendigo la hora en que te encontré, y que el dolor de dejarte es el mayor sacrificio que puedo ofrecer a Dios en estos momentos. No te quiero dar consejos porque no los necesitas. Haz siempre en todo lo que te parezca, con la seguridad de que a mí me hubiera parecido lo mejor. No puedo seguir hablándote a ti porque me parto de pena y pierdo la tranquilidad. Hasta este momento no había derramado una sola lágrima, y ahora no veo lo que escribo. Ten en cuenta la presencia de ánimo que hace falta para esperar una muerte segura y perdóname que, aunque me falten días, no te escriba más. Desde este momento no quisiera pensar más que en la otra vida para entrar en ella, no con dolor, sino con la alegría con que la debemos recibir los que creen como tú y como yo; y si te escribo y pienso mucho en ti, me faltarían las fuerzas. Perdóname, por tanto, y despídeme de todos, tanto de tu familia como de la mía. Adiós, Micucha, piensa mucho en Dios y que Él te dé resignación. Que las niñas salgan a ti y, si no las llama Dios por otro camino, no te opongas nunca a que se casen con un hombre honrado, creyente de verdad y que las quiera con el alma y la vida, como te quiere a ti tu 

Rafael.

Ángel Cervera Jácome y Rafaela Cabello Bernabeu, con sus hijos y nietos, celebrando sus Bodas de Oro, en 1947.
Ángel Cervera Jácome y Rafaela Cabello Bernabeu, con sus hijos y nietos, celebrando sus Bodas de Oro, en 1947.

Sobre las cuatro de la madrugada se abre el cerrojo y aparecen el diputado Benito Pavón, con un traje de mono azul y sus dos bandas, negra y roja, de sindicalista al pecho y el auxiliar de telegrafista Sebastián Balboa, ascendido en menos de un mes a capitán de navío por el gobierno de la República. El diputado comunista pregunta a los condenados si quieren hacer testamento. Contestan en broma. Un marino no tiene nada. Ni un céntimo. No hay que hacer testamento; sólo Rafael Cervera pide que se les conceda cristiana sepultura, ya que mueren como católicos.

El juez que los había juzgado, el auxiliar de radio Sebastián Balboa, los abraza llorando, para sorpresa de los marinos. Los dos visitantes se despiden de los condenados.

Las ejecuciones estaban previstas a las cinco de la mañana. Sin embargo, son las cinco y media cuando empieza a amanecer en Málaga. Siguen las bromas; uno de los marinos asegura que los rojos son unos informales, «mire que ya nos han robado media hora de cielo». Otro de los oficiales, le contesta: «Nunca es tarde si la dicha es buena».

Las ejecuciones empezaron a las seis menos diez de la mañana.  Son fusilados en grupos de tres. Iban delante los comandantes de las dos naves, D. Fernando Bastarreche y D. Fernando Bustillo, y nuestro Rafael Cervera. Los dos últimos ayudaban al comandante cojo.

Vamos, –les animó Rafael, por Dios y por la Patria. Es nuestro turno.

La escena de la ejecución es narrada por el médico de la prisión, Eduardo M. Martínez, obligado a presenciarla:

“Envuelto en una manta por mi estado febril y recostado en el sofá de las oficinas de la cárcel esperaba la hora señalada. Al poco tiempo, invadieron los locales un piquete de unos 24 marineros del Churruca, al mando de un maquinista y de un joven vestido de blanco, con descomunal pistola, Auxiliar de Oficinas de la Armada, ambos con acento gallego. Entramos en conversación con la marinería, sobre todo con dos fogoneros que nos explicaron que el piquete está formado por voluntarios del Churruca. Aquella marinería andaba suelta. Comentaban lo que pasaba con cierta fruición con expresiones terribles como «voy a cazar pájaros» o, indicando el lugar a donde apuntarían; decía uno «voy a tirarle a ventre» y le constestaba el otro «pues yo voy a tirarle a fucicu»”.

Amanecía. La luz lechosa del nuevo día de verano inundaba de sombras grotescas el patio de la prisión. Se formó el piquete de marinería. Dirige el pelotón de fusilamiento un maquinista con un sable.

-Preparen…; -sigue el ruido metálico de los cerrojos de los fusiles y el estruendo de una detonación tremenda. Una vez caídos a tierra, el maquinista los remata con un tiro en la cabeza con su enorme pistolón.

Los once marinos descansan en el cementerio de San Rafael de Málaga. Tras arrojarlos a una fosa común, los taparon con cal para aniquilar los cuerpos y la memoria individual de los sublevados.

Monumento a los caídos
Monumento a los caídos

Así termina la historia de Rafael Cervera Cabello, cuyo nombre, escrito bajo el de su hermano pequeño José Luis, junto con el de otros trescientos pilaristas aparece en el monumento a los caídos hasta que alguna nueva ley de la desmemoria decida que su historia debe olvidarse para siempre, quizás para que pueda repetirse de nuevo el mismo guión de muerte y barbarie.

Fuentes consultadas:

  1. “Historia de la guerra civil española”. Ricardo de la Cierva, Editorial Fénix 2006.
  2. ”Flores de heroísmo”, Francisco García Alonso S.J., Sevilla 1939.
  3. “Así iban a la muerte”, Santiago Cantera Montenegro O.S.B., Voz de Papel 2011.
  4. Página web almirantecervera.com