No hace mucho se ponía en contacto conmigo un amable lector que me pedía información sobre la situación del colegio durante la Guerra Civil. Le conté lo poco que sabía de los avatares del edificio entre Julio de 1936 y Septiembre de 1939. El colegio fue incautado el 24 de Julio de 1936 y los trece religiosos y las cinco personas de servicio que se encontraban en su interior fueron detenidos. La comunidad la formaban en esos tiempos 59 marianistas, pero muchos se habían trasladado durante el verano a otros lugares o se hallaban refugiados en casas particulares.

Tras la incautación, el colegio iba a ser destinado a cárcel de mujeres, pero no cumplía las condiciones mínimas de seguridad y por eso se destinó a cuartel de la Joven Guardia Roja en Agosto del 36.

Dibujos a carboncillo en el despacho de la A.A.A.
Dibujos a carboncillo en el despacho de la A.A.A.

También le conté que al día siguiente del asalto algunos religiosos fueron a recoger sus pertenencias, pero se encontraron con un cartel que indicaba que el edificio había sido incautado por el Ministerio de Instrucción Pública. Finalmente, en Noviembre de 1936, el hospital de la Princesa se trasladó al edificio de Castelló para evitar la cercanía del frente, y permaneció siendo hospital hasta el 1 de Septiembre de 1939. En la Capilla Gótica se instaló, durante su etapa como hospital, la lavandería, y los retablos y toda la madera que encontraron fueron utilizados como combustible para calentar el edificio en invierno. Los cuadros y otras obras de arte que había en el interior del colegio se trasladaron al Museo del Prado y al final de la guerra fueron devueltos.

De esta etapa de la guerra sólo quedan en el colegio unos preciosos dibujos a carboncillo que estaban ocultos en un pequeña habitación bajo la escalera de honor y que, seguramente, alguno de los miembros del personal del hospital se entretuvo en pintar para pasar el rato. Los bocetos representan aves, monos, reptiles y otros animales exóticos. Actualmente estos dibujos se pueden contemplar en el despacho de la Asociación de Antiguos Alumnos.

Dibujos a carboncillo en el despacho de la A.A.A.
Dibujos a carboncillo en el despacho de la A.A.A.

Sin embargo, como respuesta a estos pocos datos sobre las peripecias del edificio de Castelló, el lector, cuyo nombre me reservaré, me regaló una preciosa historia que le aconteció a su padre durante esos años.

Su padre era músico. Tocaba el saxofón tenor y además, cantaba como bajo profundo en una orquesta que habían formado unos amigos en Pontevedra y que se llamaba Celta Jazz. Compaginaba esta afición con la carrera de magisterio. Para poder desarrollar su faceta artística había solicitado una prueba en el Liceo de Barcelona y se la concedieron en Enero de 1936. Como el padre de nuestro protagonista se oponía a que continuara su carrera como cantante, decidió apuntarse al «Coro Gallego» que se había formado en Pontevedra para participar en la Olimpiada Popular que iba a tener lugar en Barcelona del 19 al 26 de Julio de 1936.

Cartel de la Olimpiada Popular de 1936.
Cartel de la Olimpiada Popular de 1936.

El coro llegó a Barcelona el 17 de Julio, pero como todos sabemos, los acontecimientos que se desencadenaron ese verano hicieron que no se celebrara la olimpiada. El día 26 de ese mismo mes, trasladaron a todos los participantes en un barco a Valencia y de allí a Madrid, donde llegaron el 30 de Julio.

«El 30 de Julio llegamos a Madrid y nos alojaron a todos en un colegio requisado por la C.N.T. situado en la calle Castelló…»

Al llegar a Madrid le alojaron en el edificio del colegio. Durante ocho meses participaron, con el coro, en mítines que organizaba el Partido Comunista para recaudar fondos destinados al Socorro Rojo. Como curiosidad, os cuento que la C.N.T. les prohibía referirse al colegio como tal y les obligaba a llamarlo el «refugio».

«Volvíamos al refugio, que era como le llaman ahora al Colegio del Pilar, ya que no querían los de la C.N.T. que le llamásemos ni residencia, ni colegio…».

Es durante esta estancia cuando una mañana tuvo lugar un suceso que en cierto modo le marcaría durante toda su vida.

«En el refugio un día encontré debajo de una alfombra una medalla del Perpetuo Socorro. La guardé en la cartera como oro en paño..».

¿A quién pertenecería esa medalla? ¿Quién la habría escondido bajo la alfombra? ¿Cuánto tiempo llevaría allí? Son preguntas que posiblemente nunca tengan respuesta.

Antigua medalla de la Virgen del Perpetuo Socorro.
Antigua medalla de la Virgen del Perpetuo Socorro.

Permanecieron en Madrid hasta Marzo de 1937. En esas fechas dividieron el coro. Los más mayores, las mujeres y el director fueron enviados a Murcia; mientras que el resto de los integrantes fueron movilizados.

El protagonista de esta historia quedó encuadrado hasta el término de la guerra en la Brigada del Campesino, aunque la mayor parte del tiempo fue miliciano de la cultura, enseñándoles a los jefes y a los mandos a leer, escribir y algunas nociones de matemáticas.

La medalla le acompañaba siempre en la cartera, en un compartimento cerrado para que no se perdiera y no fuera descubierta. Pero cuando estaban en la batalla de Teruel, al sacar la cartera, la medalla salió por los aires. Los compañeros le dijeron que se le había caído una moneda. Estaban en una trinchera un día de mucha lluvia y frío, y la pisó para ocultarla. Los otros soldados le dijeron que levantara el pie. Podéis imaginar la tensión y cómo se le dispararían las pulsaciones del corazón al protagonista de nuestra historia. Lentamente levantó el pie y… la medalla había desaparecido. Cuando llegó al lugar donde dormían, se quitó las botas y… ¡sorpresa! La medalla apareció pegada al barro de la suela. En esos tiempos, el mero hecho de que le hubieran descubierto con una medalla religiosa le podía haber costado la vida.

Soldados en las trincheras durante la batalla de Teruel en 1938.
Soldados en las trincheras durante la batalla de Teruel en 1938.

Al terminar la guerra, estuvo dos años más haciendo de nuevo el servicio militar. Como tenía buenos informes en Pontevedra, lo rehabilitaron y se dedicó el resto de su vida al magisterio, y en un cambio de domicilio, la medalla se extravió. No obstante, esta anécdota y la medalla dejaron una profunda huella en él, que siempre mantuvo la fe y la supo transmitir a sus hijos.