Como cada año por estas fechas dedico el artículo de hoy a recordar la memoria de Don Pedro Ruiz de Azúa. En esta ocasión, rescatando un artículo de José Sebastián de Erice aparecido en el boletín de la Asociación de Antiguos Alumnos del Colegio en 1956. Espero que lo disfrutéis.

Don Pedro


Eran las seis pasadas. La dulce anochecida de un día tibio de enero. La hora en que Madrid enciende los focos de la Gran Vía y en el que los matrimonios van al cine.

Y sonó el teléfono.

Con prisas y ganas de terminar con la llamada, agarré el auricular al paso.

Nadie preguntó, para empezar, si era tal número o si era tal casa. Tan solo la voz respetada y amiga -que había reconocido al colocutor por un inconsciente vocativo norteamericano- dijo, sin preámbulo alguno:

-Acaba de morir don Pedro.

Y nada más. No hubo comentario de esta parte del hilo. Y se oyó caer, al auricular, al otro extremo.

Con el abrigo puesto, listo para salir de casa, me quedé un instante con el teléfono en la mano. Con cierta sensación infantil: pensando en que “algo“ importante y querido de mi juventud “se había roto”.

Y naturalmente, no fui al cine. Me fui al Colegio, que era lo que me atraía. “Atraía” en un sentido casi físico. Como en “clase de imanes”. Como entonces. Como en aquellas mañanas invernales, de niebla y frío.

Don Pedro Ruiz de Azúa en su época de estudiante.
Don Pedro Ruiz de Azúa en su época de estudiante.

La anochecida tibia de ese día de 1956 se hizo, para mí, hora tempranera e invernal de 1915. Y salí corriendo: como si partiera de aquel Claudio Coello, 8, lejano –ya ni la casa es parecida-, de mis padres, para llegar a Claudio Coello, 41, antes de que don Pedro nos pasara lista, recorriendo con los ojos los bancos de doble asiento.

Sólo que ahora ya no nos reclamaría más en este mundo.

En Castelló, todo estaba igual. Nadie me preguntó nada, ni me dijo nada. Yo tampoco. Subí, piso tras piso, hasta un cuarto que precede a la enfermería. Y allí estaba don Pedro. Ya “de chaqueta”: con el crucifijo entre las manos.

Sin rictus: casi –iba a decir- sin palidez. Como siempre. Como entonces: como en las clases que daba, de pie. Como hace meses: pensando en sus “antiguos”. Como hace unos días: cuando, con Fernando Cubillo [1] –el delegado de mi curso-, subí a verle, ya enfermo:

-De algo aquí –y se señalaba hacia el hígado o la vesícula.

-Y de no dejarme comer-. Y se sonreía dulcemente, cual ofreciendo a Dios sus dolores y su sacrificio.

José Sebastián de Erice. Presidente de la A.A.A. del Pilar.
José Sebastián de Erice. Presidente de la A.A.A. del Pilar.

En la habitación, dos Marianistas, uno a cada lado de la cama de hierro esmaltado en blanco, rezaban. Rezaban mejor que yo pudiera hacerlo, no hay duda; pero tal vez no tan emocionados como yo.

No me atreví a entrar del todo. Me quedé en el umbral. Me arrodillé y “por dentro” inventé una oración, a mi manera. “Llena de tonterías”. Como entonces hubiese dicho a don Pedro. Como en los días que también inventaba la lección.

Junto a mí, en ese umbral, apareció el Padre Antonio [2].

Me levanté. Rápidamente, comentó que hasta las cinco pasadas había estado hablando don Pedro del Boletín y de los “antiguos”: quizá hasta de esa Mutualidad que ahora nos preocupa y con la que vamos a resolver -tal nos creemos- todos nuestros pequeños problemas personales.

Yo me paré en ello un instante. ¡Qué pequeñitos eran esos problemas ante aquella estampa y ante aquella reproducción gráfica de una imagen de Nuestra Señora, en la izquierda de la pared, testero de la cama de hierro!

El Padre Antonio, mientras caminábamos escaleras abajo, me decía algo, de vez en cuando. Yo reaccionaba mal. Comprendía que hubiese sido oportuno un comentario, pero aquella sensación infantil de que “algo se había roto” era más fuerte que mi razonamiento y no me dejaba hablar.

Era mejor callar. No había duda. Y “por dentro” seguir rezando por él, para que él. “allá arriba”, siga organizándonos a los “antiguos”: para que él, allá arriba, siga pasándonos lista. Como en las mañanas de niebla de 1915.

Íbamos hacia el despacho del Padre Antonio, donde, decían, ya esperaban otros “antiguos”.

Don Pedro Ruiz de Azúa en su época de estudiante.
Don Pedro Ruiz de Azúa en su época de estudiante.

El Colegio y sus pasillos estaban igual. Con tan poca luz eléctrica, en cuanto terminan las clases, como de costumbre. Y los Marianistas subían y bajaban, como siempre. El ejemplo estupendo de las Congragaciones religiosas, en las que la muerte no es más que eso: la muerte. La subida al cielo. El premio al bueno. Una especie de “nota colorada” -hoy son “de oro”- de toda la vida. Con 50 de conducta.

Pero yo no soy Marianista. Y yo estaba muy triste. Además, pensaba que ya casi no quedan “de los de mi tiempo”. Alguno en América. Otro en África. Pero hoy se nos ha ido don Pedro, a unirse a don Luis [3] y al Padre Carlos [4] y al Padre FranciscoDon Pedro, que para los “antiguos” -viejos y jóvenes- era el Colegio. El de Goya, el de Claudio Coello, el de Castelló. El Colegio.

Don Pedro “el Gordo”; sonriente ante su apelativo; bondadoso y jovial; con “pillerías” de niño chico; con lealtad y entusiasmo ejemplares.

Don Pedro, al que, muchos, seguíamos viendo de “levita”; una levita raída y lustrosa, cuyos faldones se recogía a veces -en las mañanas de domingo- para mejor correr por los patios.

Don Pedro Ruiz de Azúa en una fotografía dedicada al padre del autor. (Fuente: Archivo personal del autor).
Don Pedro Ruiz de Azúa en una fotografía dedicada al padre del autor. (Fuente: Archivo personal del autor).

Con su ímpetu de trabajo, después, por el mejor desenvolvimiento de nuestra Asociación de Antiguos. A ella dedicó sus últimos años, sus últimos días, sus últimas horas; como me explicara el Padre Director.

Es decir, que si en sus años mozos cuidó de nuestra educación, al final de su vida seguía cuidando de que perseveráramos en ella.

Yo me acordaba de tanta vez cómo, paseando lentamente por el pasillo del piso principal -el pasillo soleado y claro en el que está el despacho rectoral y donde se fijara la Secretaría de nuestra Asociación-, don Pedro me hablaba de las dificultades de algunos de los nuestros: de la necesidad de “echar una mano” a aquel, de lo efectiva que había sido la ayuda a este otro…

Don Pedro, en sus últimos tiempos, sonreía cuando le hablábamos de sus cuadros y recuadros, con nombres de “antiguos”, de las clasificaciones por Ministerios, por oficios, por actividades. De sus “mocitos”, hoy “calvorotas”, gordos, con gafas, a los que él seguía viendo como en Primer Año B -o A o C-; como en las épocas anteriores a 1920 o a 1930.

Don Pedro; con su cuaderno, providencialmente salvado de la revolución “roja”, y completado pacientemente después. Ese cuaderno, con el que seguía “pasándonos lista”.

-Hoy no han venido más que siete de la Promoción de 1916.

-De los de 1925 faltan nueve.

-Entre los que acabaron el 1934 hay once ingenieros.

Y se los sabía de memoria. Esa memoria portentosa que conservó casi intacta hasta su fallecimiento; o hasta muy pocos días antes. Que Dios le permitió hasta el final ser “igual que antes”.

Entierro de Don Pedro Ruiz de Azúa en el cementerio de Carabanchel.
Entierro de Don Pedro Ruiz de Azúa en el cementerio de Carabanchel.

Yo pienso que la Virgen del Pilar, la del himno nuestro; la de “Españoles hidalgos y valientes”, que don Pedro iniciaba, desentonando un poco… o un mucho, le dejará en el Cielo, seguir ocupándose de todo esto.

Pienso que “allá arriba” ya está -en la mente hoy claramente diáfana de don Pedro otra vez- el cuadernillo de tapas de hule de las promociones sucesivas. Y que la Virgen le dejará que siga atareado con nuestra Asociación. Velando por ella. Por las dificultades de éste; por “echar una mano” a aquel…

Y tengo una esperanza, una esperanza ancha y fuerte, que consuela en los avatares de la vida.

Que don Pedro, con su cuadernillo en la cabeza sabiéndoselo de memoria, nos irá, poco a poco, otra vez, pasando lista.

Y volverá a repetir:

-De la Promoción de 1916 faltan nueve.

-Todavía no han venido 38 de los que salieron el 25.

Y cuando alguno -o muchos- de los “antiguos” andemos “rozando la talla” para el ingreso, don Pedro vendrá a nuestro encuentro y, sonriendo, con su “pillería” de niño, le dirá a la Virgen Capitana, del himno:

-Vamos a dejarle que entre; es un “mocito” que viene a la asamblea de “antiguos”.

J. S. de Erice [5]
Presidente de la A.A.A.P.

Notas del Editor:

  1. Fernando Cubillo de León: Promoción de 1917. Ingeniero.
  2. R.P. Antonio Farrás Esquivel S.M. (Vitoria 1911 – Madrid 2003): Sacerdote marianista. Director del Colegio y Superior de la Comunidad desde 1951 a 1960.
  3. Luis Heintz y Loll S.M. (Colmar 1886 – San Sebastián 1934): Gran aficionado a la espeleología, obtuvo el doctorado en ciencias el 11 de abril de 1908 en la Universidad Central, con la lectura de la tesis “Espeleología: estado actual de la espeleología, la espeleología en España, la espeleología en Álava. Fundador y director del colegio de Nuestra Señora del Pilar de Madrid desde 1907 hasta 1924. Director del colegio de los marianistas de Vitoria desde 1925 hasta 1930.
  4. R.P. Carlos Kauffman S.M. (1866-1943): Sacerdote marianista.
  5. José Sebastián de Erice y O’Shea (1906-1996): Promoción de 1918. Diplomático español. Presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos entre 1948 y 1966.