Continuamos esta semana recordando al genial Agustín de Foxá en el sexagésimo aniversario de su muerte que, por desgracia, nadie recordará. En concreto, reproducimos hoy un artículo que apareció en la tercera del antaño prestigioso periódico ABC del 16 de Octubre de 1957 con motivo del cincuenta aniversario del colegio.

Aunque algunas de las anécdotas que narra el autor son ya conocidas por los seguidores del blog, he creído interesante reproducir íntegramente el articulo. Espero que lo disfrutéis.

Me había llevado mi padre a Goya, 16; tenía siete años; estaba lleno de recelos. Don Clemente [1] -alsaciano- nos recibió en un mirador anaranjado por el sol de la tarde. Estrechó mi mano y me llamó de usted. De niño me transformó en persona. Fui muchos años, muchos siglos, al Colegio: porque la niñez, como las edades prehistóricas, se cuenta por milenios. En párvulos (el profesor era don Juan Luis) había cromos del viejo Testamento; la hoguera de Abel que subía recta como una columna; la de Caín, desmelenada, como una tormenta caída sobre la pira. Del ojo vacío de Goliat saltaba un chorro, vinoso, de sangre. Nos hablaban del arco iris. Un día murió un compañero de pupitre: Guillermo Azpiroz. Desde el mirador con persianas verdes del Colegio, vi su ataúd y los caballos con penachos, como los del circo. Fue mi primer contacto con la muerte. Pensé que era un niño que ya no jugaría más. Pero la necrología de “Recuerdos“, la revista del Colegio, decía que su muerte no era más que un tránsito hacia la congregación del Cielo. Don Alonso [2] llamaba a sus mejores sus “alhajitas”. A quienes no habían tenido durante el recreo faltas por no hablar en francés, les ofrecía un terrible dilema. Estampas o irisados caramelos de los Alpes; la materia o el espíritu. Dentro de los pupitres se organizaban capillas entre los libros de Geografía y la Aritmética, con estampas y candelabros de plomo hurtados a nuestro Nacimiento de corcho, con velas rojas.

Fachada del edificio de la calle Goya 16.
Fachada del edificio de la calle Goya 16.

El comercio se iniciaba con las bolas del “guá”. Las comprábamos en una cacharrería que escribía su nombre con pinturas de cacharros. La Ch estaba formada por medio plato y una esbelta garrafa. Quienes iban a ser financieros llenaban sus bolsas, por medio de cambios, de bolas de “guá”, aunque jugasen mal. Una bola de cristal con una serpiente de iris dentro valía diez bolas de barro. Fue nuestra primera unidad monetaria. En el patio, entre enredaderas, había una Virgen del Pilar, de yeso; besábamos sus pies sobre la manzana y la serpiente antes y después de jugar a un fútbol rudimentario con pelotas de trapo y cuero y porterías formadas con gorras y los abrigos. Había un árbol en forma de V que era la barrera para el “Dao en alto”. En invierno torcíamos las bufandas para nuestras batallas infantiles. Mayo era el mes de María. Unos traían papel de plata para hacer estrellas, otros terciopelo azul o flores de trapo. Nos leían milagros de Lourdes en libros con orlas de rosas, golondrinas y ángeles. Nunca he realizado un viaje tan fabuloso como al subir en el trenecito que iba al Pardo. Hacíamos excursiones (más largas que las 72 vueltas al mundo del satélite artificial) a Alcalá de Henares, a Cercedilla; pagábamos diez céntimos para pasear sobre un caballo de patas peludas. Enfriábamos las naranjas bajo la nieve. Escribíamos sobre estas excursiones. Los mejores trabajos salían en “Recuerdos“. Con orgullo firmábamos debajo de nuestro nombre: “Elemental A.- Nueve años.”

Alumnos practicando ejercicios gimnásticos en el patio del colegio. Circa 1916. Fuente: Archivo privado del autor.
Alumnos practicando ejercicios gimnásticos en el patio del colegio. Circa 1916. Fuente: Archivo privado del autor.

La Fe, las finanzas, los deportes, el arte, la literatura, todo estaba en semilla en aquel Colegio, que respetaba la personalidad y, como en un juego, la dejaba florecer sin oprimirla nunca. La segunda enseñanza fue en Claudio Coello. Ponía al entrar “La verdad os hará libres.” Algunos obreros entraban preguntando si se trataba de algún círculo libertario. Había en la pared un cromo titulado: “Trigo’ ondeado por el viento“, y se veían las espigas inclinando sus hermosas y rubias cabezas y haciendo un hueco al huracán, salpicadas de amapolas, también desmayadas. En el patio se veía el contrapeso herrumbroso del ascensor de la casa vecina. El fútbol llenaba nuestros recreos. Nos hablaban de René Petit [3], pilarista del Real Unión, y ya Juanito Monjardín, con un pañuelo a modo de turbante y una naranja en la mano izquierda, hacía sus primeros goles de cabeza. Nuestro rival era el Areneros. Jugábamos contra él en unos solares cerca de la estación del Niño Jesús. Fue nuestra sensación del adversario, de la lucha, del triunfo y la derrota. Pero siempre nos enseñaron a ser caballerescos, y a tirar fuera el balón. cuando había un penalty. La lucha ideológica, de partidos, estaba representada por los que confesaban con el Padre Carlos frente a quienes lo hacían con el Padre Emilio. No hubo nunca castigos deshonrosos. A lo sumo, don Melquíades, en química, nos obligaba a copiar diez veces “la paginita 32”, después de la salida del Colegio. Las notas tampoco eran vejatorias. Consistían en colores. Pero el negro, la censura, sólo se daba muy de tarde en tarde, al último de  la clase. Cada tres meses mandaban a las familias una benévola, pero exacta radiografía espiritual de los alumnos. El patriotismo y la religiosidad no se explicaban, sino que fluían. Se podía o no pertenecer a la Congregación. El fundador, Padre Chaminade, había ido de calderero, de casa en casa, en el París de Robespierre, llevando la comunión bajo sus calderas. Cierto día tuvo que ocultarse en un gran tonel de vino sobre el cual jugaban a las cartas y bebían los “sans culots“, con la encendida cresta del gorro frigio. Cuando sus discípulos fueron a Roma, con la levita usual entonces, el Papa les dio por hábito el traje que llevaban. Es una Orden nacida en la terrible e inevitable Revolución francesa, y aunque fieles al dogma como los primitivos eremitas de Egipto, comprenden al mundo moderno. Nunca hubo conflicto entre el arco iris -señal de alianza entre Dios y los hombres después del Diluvio- que nos explicaban de parvulitos, y el arco iris físico, prisma de la lluvia con los rayos del sol que nos enseñaban en el quinto año del Bachillerato. El mecanismo físico servía a la Alianza. Cuando nos trasladamos a Castelló, con sus vidrieras policromadas, los alumnos llevaban por las calles (junto a la tienda de maletas de los desafíos escolares) el aparato que hacía saltar la chispa eléctrica y el esqueleto de cartón de la clase de fisiología, y que horrorizó un poco, a las vecinas. En una revista del Colegio, “De Todo un Poco“, publiqué mis primeros versos. Iban dedicados al Cid e ilustrados por el infante don Alfonso de Orleáns (sic) [4], que estaba en nuestra clase. Luego nos confesó que para dibujar a Rodrigo Díaz había calcado la sota de espadas de una baraja. En sexto año nos preguntaron qué ibamos a ser. Surgían (con voces ya roncas y un poco petulantes) los nombres de las grandes carreras. Diplomático, ingeniero de caminos (que entonces estaba de moda), militar… Manuel Rodríguez dijo sencillamente misionero, y a don Pedro, “el gordo”, el profesor de Agricultura, le llovieron los ojos de lágrimas. En una fiesta, con la infanta Isabel y el busto policromado, un poco estridente de colores, del Padre Chaminade entre palmeras, y un antiguo alumno de marino, con su espada sobre la banda blanca y azul de la Congregación, otro antiguo nos explicó cómo siendo niño pidieron a sus condiscípulos que rezasen por la salud de su padre. Cuando éste murió quedó la familia en difícil situación económica. A fin de mes le entregaron el sobre azul de la cuenta: pero dentro sólo había un papel en blanco. Muchos sobres con papeles en blanco repartieron los marianistas estos años. Cuando la República les obligó a abandonar la enseñanza, el padre Domingo, al final de la misa, en un alto balcón, gritó: “¡Nos vamos; pero Dios no muere!Don Fidel con su barba endrina, corría a paso gimnástico por los patios. Cantaba, algunos gallos, en la capilla, y encontraba puntas de flechas prehistóricas en el Manzanares y a las afueras del Retiro. Veraneaba en el Royo, en Soria, y fue al Urbion porque creyó que aquellos pastores de merinos le darían una idea de la mentalidad del íbero puro. El pastor con quien habló le describió Nueva York, donde había pasado tres años. Se reía al contarlo. Porque era una ciencia sin pedantería; un patriotismo sin patriotería; una religión sin ñoñez; una disciplina sin humillaciones. Hoy cumple medio siglo en España el Colegio del Pilar. Medio siglo de preparar a españoles morales, activos, religiosos. Sería fatigoso dar aquí todos los nombres de los pilaristas famosos, gloriosos, orgullo de España. Habría que espigar la cabeza de todos los escalafones. Nuestra niñez poética está entre sus muros. Creo justo escribir todo esto aquí; gratitud y recuerdo. ¡Quién pudiera, como en el número de “Recuerdos” al final del curso (cuando preparábamos los cazamariposas y las cometas del verano), escribir debajo de mi firma (acompañada ahora de títulos un poco vanidosos), sencillamente, como entonces, “De Elemental A”!

Agustín de Foxá
Conde de Foxá.
de la Real Academia Española

Notas del Editor:

  1. Se refiere a quien fuera durante muchos años director de pequeños, Don Clemente Gabel.
  2. Juan Alonso y Alonso (1868-1946), primer marianista español.
  3. Renato Pétit de Ory (1899-1989): Promoción de 1916. René o Renato Pétit fue un famoso ingeniero de caminos y futbolista. René Petit fue considerado por Santiago Bernabéu como uno de los mejores jugadores en las historia del Real Madrid junto con Alfredo Di Stéfano.
  4. S.A.R. Don Carlos de Borbón y Orleans (Santillana 5-9-1908 – Éibar 27-9-1936): Promoción de 1923. Presidente de honor de la Asociación de Antiguos Alumnos del Colegio del Pilar de Madrid. Era hijo de S.A.R. don Carlos de Borbón y Borbón, hijo del Conde de Caserta y de S.A.R. Dña. Luisa Francisca de Orleáns y Orleáns, hija de los Condes de París y; por tanto, hermano de la condesa de Barcelona y tío de S.M. el Rey Don Juan Carlos I. Muerto en la batalla de Éibar durante la Guerra Civil. Caballero Gran Cruz de la Orden de Carlos III.